Microcosmos61: Lectores
Un buen amigo, cronista extraoficial de la comarca berciana y contumaz tesinando, me relata en un correo electrónico una sabrosa anécdota que en su día le refirió Félix Grande y que no me resisto a compartir con ustedes. Cuenta cómo Grande, en su etapa de director de los Cuadernos Hispanoamericanos, recibió un día a un individuo que empezó a criticar la obra de Federico García Lorca con argumentos tales como que el poeta granadino escribía en uno de sus versos que la luna es verde, cuando todo el mundo sabe que es blanca. Justo en ese momento, hizo su entrada en la estancia el poeta Luis Rosales –amigo del alma del autor de Poeta en Nueva York–, se colocó a espaldas del avezado crítico y, cuando ya su paciencia fue incapaz de aguantar tanta majadería junta, le espetó: ¡Pero hombre de Dios! ¿Quién le manda a usted leer poesía si no está llamado para ella? ¡Déjelo, por favor, déjelo!. Huelga decir que el individuo se quedó con un pasmo de narices, y que Grande y Rosales aprovecharon su estupor para expulsarle ipso facto del despacho.
La historieta es, además de divertida, iluminadora. Se retrata en ella a un tipo de (falso) lector que opta por despreciar todo lo que ignora para evitarse así el tener que formular juicios más o menos ponderados sobre lo que, por una u otra causa, no es capaz de entender. Son muchos, y a menudo encuentran en las páginas de los periódicos espacio para ladrar su animadversión hacia tal o cual autor cuyas páginas les resultan intragables. Fieles a su egocentrismo lector (si algo no les gusta a ellos es porque no vale absolutamente nada), se dedican a pontificar por las esquinas o en los bares y a elevar a verdad absoluta lo que a ellos, y sólo a ellos, concierne. Acepto sin problemas que alguien me diga que no le van las novelas de Faulkner, si me argumenta razonablemente su aseveración y me convence de que, por los motivos que sean, nada consiguió extraer de Luz de agosto o de Las palmeras salvajes. Lo que llevo muy mal es que el listillo de turno, resentido por su incapacidad para llevar a buen término Mientras agonizo, venga diciéndome que Faulkner era un tipo aburridísimo que, para más inri, no sabía escribir. Sucede que, muchas veces, son ellos quienes no saben leer –aunque estén convencidos de que sí– ni disfrutar con un libro entre las manos, ni tragarse que la luna pueda ser verde, cuando ellos saben de sobra que es blanca.
El Comercio, 25 de enero de 2007
