Elogio de las catedrales

Cuando era niño, alguien me contó una historia que me fascinó durante mucho tiempo. Según decían, durante la construcción de la Catedral de León se producían extraños movimientos de tierra que, invariablemente, echaban abajo cada noche lo que se había levantado el día antes. Tras mucho investigar, dieron con la causa: un topo gigantesco había escogido ese preciso lugar para excavar sus túneles, e hicieron falta unos cuantos hombres para darle caza, sacrificarlo y colgar su piel de una de las paredes del futuro templo. Desde que supe de aquella leyenda, no he podido evitar -cada vez que entro en esa Catedral- de buscar con la mirada el enorme saco amorfo que aún puede verse sobre la puerta de acceso a la nave del Evangelio e imaginar las monstruosas dimensiones de aquel pobre animal que, en el fondo, sólo se buscaba el sustento.
Las catedrales no son sólo un lugar de culto y oración. En su día, fueron las auténticas casas del pueblo, los verdaderos foros públicos de las ciudades, el lugar donde se hacían tratos importantes y en el que se discutían los asuntos más acuciantes, el lecho de los sueños de los vagabundos y el trono de los reyes más narcisistas, el escenario de eruditas conversaciones de ilustrados y el reducto de quienes -sabedores de que el destino sólo les deparaba la horca o la hoguera- se acogían entre sus muros a sagrado para postergar así una suerte aciaga. Las catedrales, todas, esconden cientos de historias que sólo pueden escucharse en su interior si uno presta la debida atención y olvida por unos momentos la cámara de fotos, si se entra en ellas preparado para escuchar el murmullo de las piedras.
La Catedral de León, hoy, se está cayendo a pedazos. Cualquier día se desmoronará, y se llevará sus recuerdos.
