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La Coctelera

MICROCOSMOS

Bitácora oficial del escritor Miguel Barrero

19 Diciembre 2006

UNA HISTORIA DE TERROR

Cuando tenía doce o trece años y vi por primera vez El club de los poetas muertos, me impactó sobremanera una escena que entonces no fui capaz de entender. El profesor de Literatura hacía entrega a sus alumnos del libro que debían leer a lo largo del trimestre y, antes de decirles nada sobre él, alzaba el libro sobre su cabeza, lo abría y arrancaba las páginas que conformaban el estudio crítico que algún entregado erudito había pergeñado para la ocasión. Años más tarde, cuando superé el trauma de haber tenido que enfrentarme en 3º de BUP a no pocos capítulos de El Quijote y me atreví a meterme de lleno en la obra de Cervantes, entendí el gesto de aquel entusiasta docente que tan bien encarnó Robin Williams (Oh, capitán, mi capitán).

Ya he escrito en una entrada anterior de esta bitácora sobre el mismo tema, pero el caso es que me resulta insufrible que en tiempos en los que los best sellers de temas fantásticos y/o terroríficos están de moda nadie haya caído en la posibilidad de que una buena parte de lectores (los menos avisados, para colmo) se estén llevando gato por liebre. Abunda en nuestros días una literatura confeccionada a medida sobre oscuros pasajes de determinados hechos históricos que alimentan día sí y día también la interesada inspiración de escribientes que no paran de enviar a las librerías sonrojantes resoluciones de misterios que ni la vida ni la literatura han sabido desvelar. Uno de los casos más recientes (uno de los que a mí más me cabrea) es el de Edgar Allan Poe. Para quienes no lo sepan, Poe fue uno de los grandes escritores del género de terror o gótico, si no el más grande, que ha pisado la faz de la tierra. A su pluma se deben poemas tan sobrecogedoramente perfectos como El cuervo o Annabel Lee (éste más famoso después de que lo convirtiese en canción el grupo Radio Futura) y relatos tan absorbentes como Los crímenes de la calle Morgue o La carta robada. Poe murió a los cuarenta años de edad en Baltimore, una ciudad en la que ya había residido, envuelto en unas circunstancias que se podrían calificar, cuando menos, de extrañas: no tenía nada que hacer allí, todos le suponían en una ciudad distinta y las últimas palabras que pronunció en el lecho de muerte fueron Que Dios se apiade de mi pobre alma.

Tal enigma, que hubiese podido ser fuente de inspiración para una gran novela, ha quedado reducido a fosfatina por obra y gracia de un escritor norteamericano (ver la entrada titulada La sombra de Poe) que ha construido una trama infumable a partir de unos hechos tan delicados como sugerentes. Ya he contado en este mismo lugar el cabreo que me llevé en las cien primeras páginas, y por eso quiero decir aquí que Robin Williams se equivocaba en la película. No todos los prólogos son abominables. No, porque para sofocar el enfado pearliano se me ocurrió acudir al primer tomo de los Cuentos completos del propio Edgar Allan Poe (Alianza) y recrearme en el magnífico estudio biográfico y literario que el grandioso Julio Cortázar escribió sobre el genio del terror. La erudición del argentino, en este caso, tuvo el efecto contrario al de otros muchos estudios críticos que me vi obligado a tragar durante mis años de estudiante.

Y ya que llega el invierno y anochece más temprano y en muchos lugares nevará por Navidades, me permito hacer a mis lectores un regalo: un cuento de esos que resultan ideales para ser leídos cubierto de edredones o cómodamente repantigado ante una chimenea (los afortunados que la posean). Tanto para los que nunca se han echado a los ojos ni una sola línea de Poe como para los que ya se conozcan al dedillo toda su obra, sin duda supondrá un placer descubrir en este humilde rincón del ciberespacio las palabras que aquel loco genial trenzó para componer su relato La caída de la casa de Usher. De nada...

Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo sucedió; pero, a la primera ojeada sobre el edificio, una sensación de insufrible tristeza penetró en mi espíritu. Digo insufrible, pues aquel sentimiento no estaba mitigado por esa emoción semiagradable, por ser poético, con que acoge en general el ánimo hasta la severidad de las naturales imágenes de la desolación o del terror. Contemplaba yo la escena ante mí -la simple casa, el simple paisaje característico de la posesión, los helados muros, las ventanas parecidas a ojos vacíos, algunos juncos alineados y unos cuantos troncos blancos y enfermizos- con una completa depresión de alma que no puede compararse apropiadamente, entre las sensaciones terrestres, más que con ese ensueño posterior del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo. Era una sensación glacial, un abatimiento, una náusea en el corazón, una irremediable tristeza de pensamiento que ningún estímulo de la imaginación podía impulsar a lo sublime. ¿Qué era aquello -me detuve a pensarlo- , qué era aquello que me desalentaba así al contemplar la Casa de Usher? Era un misterio de todo punto insoluble; no podía luchar contra las sombrías visiones que se amontonaban sobre mí mientras reflexionaba en ello. Me vi forzado a recurrir a la conclusión insatisfactoria de que existen, sin lugar a dudas, combinaciones de objetos naturales muy simples que tienen el poder de afectarnos de este modo, aunque el análisis de ese poder se base sobre consideraciones en que perderíamos pie. Era posible, pensé, que una simple diferencia en la disposición de los detalles de la decoración, de los pormenores del cuadro, sea suficiente para modificar, para aniquilar quizá, esa capacidad de impresión dolorosa. Obrando conforme a esa idea, guié mi caballo hacia la orilla escarpada de un negro y lúgubre estanque que se extendía con tranquilo brillo ante la casa, y miré con fijeza hacia abajo-pero con un estremecimiento más aterrador aún que antes-las imágenes recompuestas e invertidas de los juncos grisáceos de los lívidos troncos y de las ventanas parecidas a ojos vacíos...sigue leyendo

servido por miguelbarrero 6 comentarios compártelo

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Fernando

Fernando dijo

Muy bien...creando ambiente.

19 Diciembre 2006 | 07:38 PM

Víctor

Víctor dijo

Una vez lei un artículo de mendoza diciendo que los cuentos de Poe no eran tan buenos y me quedé un poco frío

Son muy buenos, sobre todo para introducir a alguien en la lectura. El que citas y todos esos de enterrados vivos les podrían gustar mucho a los adolescentes.

Pero bueno me imagino que entre los que son fans de alonso y los que directamente prefieren iise de farra no hay mucho que hacer...

20 Diciembre 2006 | 09:41 PM

JLP

JLP dijo

No hay ningún misterio en la muerte de Poe. Está en todas las biografías, prólogos y demás. Se sabe lo que hacía en Baltimore y lo que le ocurrió y de qué murió. Y todo el asunto es tan triste y horrible que no hace falta inventar nada.
Saludos.
JLP

23 Diciembre 2006 | 11:45 PM

miguelbarrero

miguelbarrero dijo

Pues yo no lo tengo tan claro. En el (poco) tiempo que he dedicado a ello, he leído desde que se debió a la ingestión de alcohol (lo que no es sinónimo de borrachera: al parecer tenía un problema por el que un simple vaso de vino ya le tumbaba) hasta que falleció a causa de la mordedura de un perro rabioso. Cortázar, por su parte, piensa que le emborracharon para obligarle a votar varias veces en los comicios que se celebraban en Baltimore...

24 Diciembre 2006 | 06:56 PM

Fernando Zubicoa

Fernando Zubicoa dijo

+
Buenas, soy Fernando Zubicoa, uno de los autores del blog melodementes.
En primer lugar es para mi (nosotros) un honor que un periodista visite nuestro blog y haga un comentario.
En segundo lugar felicitarle por su blog, los pocos post que he leido me han bastado para saber de quién debo tomar ejemplo para bloggear.
Soy estudiante de publicidad y relaciones públicas en la Universidad de Navarra, y como usted siento una gran debilidad por la literatura, leerla y escribirla...
Por eso me gustaría contactar con usted, pedirle consejo y aprender un poco. Le he dejado mi email. Me gustaría que leyera algo de lo que he escrito, saber su opinión... También me gustaría saber como consiguió usted ganarse la vida haciendo lo que le gusta, escribir...
Bueno, la verdad es que me ayudaría mucho poderle escribir un email y que me orientara un poco. Si no es molestia claro...

Muchas gracias y placer leer su blog

29 Diciembre 2006 | 03:45 PM

gabriela

gabriela dijo

me parece estupido caho adios

8 Febrero 2009 | 08:39 PM

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Sobre mí

Miguel Barrero (Oviedo, 1980) se licenció en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca y ha trabajado y colaborado en diversos medios asturianos. Con su primera novela, Espejo, obtuvo el Premio Asturias Joven de Narrativa 2004. Algunos de sus relatos han salido a la luz en las publicaciones Eventual y El Norte de los Libros, así como en el diario La Nueva España. Está incluido en el volumen colectivo Guernica variaciones Gernika. En la actualidad, trabaja como redactor en el semanario Les Noticies, publica una columna semanal en el diario El Comercio y colabora habitualmente con la revista cultural ElSúmmum.

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