Una vez, debía de tener yo nueve o diez años, volvía de Valladolid a Asturias con mis padres cuando decidieron hacer una parada en Astorga. Visitamos el Palacio Episcopal, diseñado en parte por Gaudí, y la catedral. Después comimos en Castrillo de los Polvazares y tomamos un café en el hotel Gaudí antes de poner rumbo al Huerna. Recuerdo que antes de subir al coche compré una gominola asquerosa con forma de hamburguesa por culpa de la cual tuve los dedos pegajosos durante lo que quedaba de día.

Entonces era un tierno zagal, claro, y no me planteaba esas cosas, pero, a medida que fui creciendo, cada vez que escuchaba o leía en algún sitio el nombre de la capital maragata me acordaba exactamente de eso: del Palacio, de la catedral y de aquella horrenda golosina. Jamás pensé que volvería a pasar por allí. Y sin embargo, mañana regresaré por octava vez en dos años para aprovechar el puente resolviendo algunos asuntillos que han quedado pendientes del rodaje de La estancia vacía. Tiene gracia reparar a posteriori en las complejas vueltas de la vida. Astorga era un lugar abocado a sumergirse en las tinieblas de mis muchos olvidos. Y sin embargo, he codirigido una película en sus calles, he ambientado entre sus murallas la acción de una novela que a principios de este año quedó finalista de un premio literario internacional y en ella he conocido a una serie de personas estupendas, e incluso he encontrado un amigo donde una vez sólo hubo un lejano compañero de trabajo que me telefoneaba cada domingo para preguntarme si habían llegado bien sus páginas.

La culpa la tuvo El desencanto, porque si a finales de abril de 2005 fui a dar con mis huesos de nuevo a la ciudad leonesa fue -aunque fingiese que mi estancia allí se debía a un desafortunado imprevisto y no a una voluntad firmemente consolidada-, no se debió a otra cosa que a mi intención de rastrear lo que en ella quedaba de los Panero, después de que Nacho Vegas me contase en una entrevista que aún seguía en pie la casa de la película de Chávarri y tras averiguar que Michi Panero y yo habíamos compartido, sin saberlo, un conocido común. Ahora han empezado a hacerse cosas y la sensación es distinta, pero hace año y medio el único sentimiento que podía albergar cualquiera que se desplazase hasta allí con un afán idéntico al mío no era otro que una tristeza infinita. La casa que había sido de los Panero, la casa que albergó el rodaje de una de las obras más importantes del cine español, languidecía en un estado de ruina en medio de un entorno selvático, con la estatua del progenitor (la misma que en los planos iniciales de El desencanto aparecía amordazada y oculta bajo unos plásticos, como si se tratase de un espectro obligado a arrastrar durante toda la eternidad las cadenas que pronto iban a endosarle sus descendientes) semiabandonada al lado de la puerta, sin que ninguno de los viandantes que de cuando en cuando pasaban por la calle de Leopoldo Panero se dignasen siquiera a echar un vistazo al otro lado de la verja.

Cuando, en el mes de julio de este mismo año, conseguí entrar por primera vez en el edificio, la tristeza no hizo sino acusarse: la casa había sido completamente desmantelada, y en su interior uno podía encontrar desde un piano de pared completamente apolillado hasta una vieja bañera o la lápida partida de una tumba. Para entonces ya sabía algo más de la familia. Había leído el estupendo libro autobiográfico de Juan Luis Panero (Sin rumbo cierto, Tusquets, 1999), la biografía que J. Benito Fernández escribió de su hermano (El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero, Tusquets, 1999) y un delicioso librito que me había regalado en una visita anterior (la tercera desde mi redescubrimiento de Astorga) Juan José Alonso Perandones, el alcalde de la ciudad: un opúsculo hoy inencontrable escrito por Ricardo Gullón y titulado La juventud de Leopoldo Panero. Y, sobre todo, por aquél entonces ya conocía a Angelines Baltasar, una mujer estupenda que, pese a las insistencias de Chávarri y Querejeta, no había querido aparecer en El desencanto y sin embargo sí accedió a participar en nuestra modesta producción. Criada de los Panero durante once años, vivió en primera persona el auge y la decadencia de la familia y quiso contarlo ante nuestra cámara para nuestro alborozo y agradecimiento. Y también estaba ya, claro, Ángel García -conocido por aquellos pagos como Kuki-, que en cuanto supo de nuestro proyecto lo asumió como propio y puso (y aún pone) a nuestra disposición su casa para lo que fuera (y sea) menester. Y no puedo olvidar a Maite Almanza (que fue nuestro contacto en Astorga cuando dábamos los primeros pasos y a la que, me temo, molestamos más de lo necesario) y Victorina Alonso (competente concejala, excelente persona). Unos meses después llegarían Mercedes Unzeta y Federico Utrera, y también Hugo y los camareros del pub Gaudí, y la dueña del hotel del mismo nombre, y...

Seré sincero: empecé a escribir esta entrada simplemente para anunciar que estaré fuera durante todo el puente y que esta bitácora no va a actualizarse hasta, como muy pronto, el lunes. Lo que ocurre es que al teclear la palabra Astorga me ha venido a la mente una frase de Álvaro Cunqueiro en la que venía a decir que las ciudades que tienen catedral y carecen de gobierno civil son dignas de atención. Astorga es una de ellas, y conozco otras dos (Mondoñedo y Ciudad Rodrigo), y lo único que puedo decir es que tenía razón el escritor gallego. Quería haber tirado de ellas, pero ha podido más el sentimentalismo. Seguramente a lo largo de estos cuatro días que vienen me encuentre en Astorga con buena parte de las personas a las que he mencionado en los párrafos precedentes, y la verdad es que me alegra verlos, sobre todo si pienso en Angelines y en Santiago, su marido. Y no deja de sorprenderme el modo en que las patrias (vamos a llamarlas así, aunque aborrezca el término) le surgen a uno a veces donde menos se lo espera...