Por mucho que algunos juguemos a estirarla, la lengua es limitada y -aunque el castellano no ande falto de sinónimos ni antónimos- no es nada extraño que dos cosas sean definidas de igual o muy parecido modo si tienen en común ciertos rasgos que las caracterizan. Prueben ustedes, por ejemplo, a describir un piso y una buhardilla, y verán de qué les hablo.

Sin embargo, nuestra consejera de Cultura ha montado en cólera porque al Gobierno de Murcia se le ha ocurrido decir en una campaña promocional que su tierra es un paraíso natural para el turista. Por lo poco que he leído sobre el tema (hace tiempo que no pierdo el ídem con polémicas inertes), la frasecita en cuestión ni siquiera tiene rango de eslogan, pues es una más de las muchas que aparecen insertas en un vídeo promocional, pero su mera pronunciación ha bastado para que la señora Migoya haya tomado cartas en el asunto hasta llegar al extremo de enviar una misiva a las más altas esferas de aquella comunidad (carta que, dicho sea de paso, abunda en incorrecciones gramaticales y utiliza un incomprensible tuteo que desdice las más elementales fórmulas de cortesía, pero en fin) o clamar por todos los medios de comunicación su enfado para con el Ejecutivo murciano.

Puestos a buscar una frase capaz de atraer turistas, se me ocurre que no estaría mal el lema Ven a Asturias, es de chiste. Aquí se han tirado por la borda puestos de trabajo con total alegría y sin ningún tipo de pudor, se ha condenado a media juventud a buscarse las lentejas más allá del Pajares e hipotecado a la otra media, que con cuatro duros al mes gana para lo suyo y para pagar la prejubilación de sus mayores.

Quieren que pongamos cara de nuevos ricos cuando aún seguimos siendo el pariente pobre de Europa, y encima va la señora consejera y se cabrea porque alguien junta las palabras paraíso y natural y las mete en el guión de un anuncio publicitario. Se me ocurre que, por aquello de hacer honor a su cargo, podría emplear su tiempo en mejorar la dotación de las bibliotecas asturianas (que no es que anden muy boyantes que digamos) o en darles algún contenido al montón de Casas de Cultura que proliferan como setas por estos lares. Pero eso, claro, no da dinero y el turismo sí. Aunque corramos el riesgo de que mañana llegue el hambre.
El Comercio, 16 de noviembre de 2006