Hasta este fin de semana, mis conocimientos sobre Pravia eran escasos: podía señalar su ubicación en el mapa y sabía que en el año 774 el rey Silo trasladó allí su corte convirtiedo así la ciudad en la capital del reino de Asturias. Después de este fin de semana, lo único que puedo añadir a todo lo anterior es que su Colegiata es bastante estimable desde el punto de vista artístico y que su biblioteca está aceptablemente dotada. Me explico.
He pasado el fin de semana en Pravia asistiendo a las VI Jornadas de la Asociación de Escritores de Asturias, celebradas allí con el lema Comparte otras miradas. El programa anunciaba mesas redondas, recitales poéticos y representaciones teatrales que se llevaron a cabo, aunque lo más interesante sucedió (como es común en este tipo de encuentros) fuera de los focos de atención. Era en las tertulias de café, en los paseos por las laberínticas calles de la villa, en las sobremesas de las copiosas comidas con que nos deleitaron nuestros anfitriones, donde estaba el quid de la cuestión. Es decir, donde uno podía aprender de veras cómo funciona esto de la literatura.

Lo mejor de todo fue el reencuentro con viejos amigos a los que uno no siempre puede ver todas las veces que le gustaría. Entre los escritores, el encargado de inaugurar las mesas redondas del sábado fue mi compadre Ignacio del Valle, que había llegado a Oviedo desde Madrid el día antes gracias a un paréntesis en la gira de presentación de su novela El tiempo de los emperadores extraños, de la que ya he hablado alguna que otra vez. Tuvo como compañeros a los enormes Toli Morilla y Manuel D. Abad (que a lo largo del día y de la noche demostrarían por qué son tan grandes) y al crítico del diario El Mundo Quico Alsedo, todos ellos moderados por Rubén D. Rodríguez. Como Ignacio es escurridizo y no suelo verlo de cuerpo presente más de cuatro o cinco veces al año, quise inmortalizar el momento:

Mi intención era quedarme, junto con Julia (que me acompañó sin grandes esperanzas y acabó pasándolo como los indios), a la siguiente mesa redonda, una disertación sobre Literatura y pensamiento o algo por el estilo, pero en mi camino se cruzó Susana Pérez-Alonso. Es gracioso. La conocí hace dos o tres años por una entrevista que tuve que hacerle para El Comercio y desde entonces sólo la había visto una vez, a principios de este año, con motivo de otra entrevista (en esta ocasión para Les Noticies). Sin embargo, cada vez que conversamos o nos intercambiamos correos parece que nos conociéramos de toda la vida. A mi entender, es una tía honesta. Escribe para vender, lo dice y obra en consecuencia. Otros no tienen valor para tanto. Andaba muy contenta por Pravia porque La Nueva España le había publicado un artículo en el que se posicionaba a favor de Cándido y Morala, los dos sindicalistas condenados a seis años y medio de cárcel por defender sus puestos de trabajo.

El caso es que, en vez de ir a la mesa, nos fuimos a tomar un café con ella y con su hija, Jimena. Un café al que no tardaron en apuntarse Toli y Manuel y en el transcurso del cual se hizo un somero repaso a la rumorología literaria. Tras la comida (que hubiera resultado deliciosa de no haber consistido el primer plato en unos garbanzos con bacalao, yantar que aborrezco), tuve que echar una pequeña siesta para acudir a las seis a una nueva ponencia acerca de Literatura y arte. Cuando ésta hubo acabado, quedaba media hora de margen hasta el inicio de la representación de la obra teatral Y Antígona trajo el viento a cargo de la compañía Teatro Pausa. Como no quería irme de Pravia sin aumentar (aunque fuera un poquito) mis exiguos conocimientos respecto a la villa, decidí ir con Julia y Jimena a visitar la Colegiata, que resultó ser una buena muestra de la arquitectura religiosa que se llevó a cabo en Asturias durante el periodo barroco.

Cuando volvíamos para asistir a la representación, nos encontramos con la gran mayoría de los participantes en las Jornadas caminando calle arriba. No les apetecía ir al teatro y prefirieron aprovechar para tomar una caña antes de la cena. Nos fuimos con ellos, no sin cierto remordimiento: si nuestros cálculos no estaban demasiado errados, en el patio de butacas de la Casa de la Cultura debía de haber en ese mismo instante no más de diez personas presenciando la obra de Teatro Pausa.
En la cena, copiosa y riquísima, Julia y yo compartimos mesa con Toli Morilla y la escritora Vanessa Montfort, ganadora del Ateneo Joven de Sevilla con su novela El ingrediente secreto.

A la medianoche hubo una velada poética en el Bar Casa Finito (Manuel Herrero Montoto nos contó el porqué de ese nombre de camino hacia allí) en la que diversos participantes leyeron algunas de sus creaciones presentados por el divertidísimo Milio'l del Nido. En el transcurso de la velada y después, durante las primeras copas, tuve ocasión de charlar más en profundidad con algunos de mis colegas y/o amigos. El poeta Pelayo Fueyo me comentó, por ejemplo, que el año que viene piensa sacar un nuevo libro bastante distinto a lo que ha publicado hasta la fecha y en cuya escritura ha tenido mucho que ver José Luis Piquero, lector habitual de esta bitácora y notorio ausente de las jornadas pravianas.

También conversé más en profundidad con Manuel D. Abad, que recientemente se ha estrenado como colaborador de Les Noticies.

Conocí en persona a Miguel Rojo, a quien había entrevistado por teléfono unos días atrás con motivo del lanzamiento de su último libro, Cuentos pa un turista blancu.

Y, entre una cosa y otra, disfruté lo que pude del recital y de diversos acontecimientos que iban teniendo lugar y que, dada mi conocida caballerosidad, no voy a detallar aquí.

PD: Continuará en una próxima entrega...