Anda José Luis Garci por tierras asturianas rodando su próxima película, un largometraje basado, al parecer, en Luz de domingo, una de las tres novelas poemáticas que escribió el hoy apenas frecuentado Ramón Pérez de Ayala (mala suerte la suya, siempre resguardado tras la sombra de Clarín), y no sé qué pensar acerca de lo que pueda dar de sí este nuevo largometraje.
De Garci ya se ha dicho todo: tiene un estilo muy pero que muy suyo, fue el primer director que ganó el Oscar con una producción española (porque el primer director de nuestro país que consiguió la estatuilla fue Luis Buñuel con El discreto encanto de la burguesía, sólo que no computa porque el capital era francés) y últimamente le ha dado por hacer unas películas de época que suelen enfrentar tras su estreno a los dos grupos de críticos que, como las dos Españas, eternamente pugnan por hacer prevalecer su opinión.
Vi hace dos años Tiovivo c.1950, no he visto Historia de un beso ni You’re the one porque me las perdí en su momento y no pienso enfrentarme a ellas, y tengo mis dudas de que alguna vez introduzca en mi reproductor de deuvedé copias de La herida luminosa o Canción de cuna. El último Garci –es decir, el que estamos viendo desde mediados de los noventa para acá– me parece un director pesado, bastante aburrido y quizás con una ambición desproporcionada para sus habilidades (Tiovivo, por ejemplo, me pareció una película inconclusa, como si el ansia del director por recrear toda suerte de situaciones le hubiese impedido centrarse más en ellas). No obstante, siempre he sentido cierta simpatía por el personaje y reconozco sin que se me caigan los anillos que sus artículos sobre cine, e incluso muchos de sus libros, no tienen desperdicio.

Sin embargo, hay un Garci que sí me gusta, un Garci que me parece uno de los directores más personales y valientes que ha dado el cine español y que no consigo reconocer en ninguna de las películas antes mencionadas. Es el Garci que retrataba a la generación emergente de los años de la Transición en Asignatura pendiente, el que hablaba de los eternos abismos generacionales en Las verdes praderas o el que enfrentaba a dos genios en caída libre por el barranco de su propia decadencia en Sesión continua. Un Garci, éste sí, con cierto regusto norteamericano, con pasión por contar y pericia para trasladar al fotograma lo que su imaginación o sus pensamientos le iban dictando en un susurro. Y, sobre todo, es el Garci de El Crack y El Crack Dos, auténticas joyas del cine negro patrio que –pese a mantenerse su autor en ellas fiel a su querencia por el plano largo y los diálogos extensos y poblados de guiños literarios– enganchan al espectador hasta el punto de impedirle hacer otra cosa que no sea atender a lo que en ellas sucede y en las que todos sus actores están al cien por cien (incluso Arturo Fernández lo borda, que ya es decir). Cada vez que las veo, y ya han pasado dos o tres veces ante mis ojos, no puedo dejar de preguntarme qué le ha pasado en los últimos años al cineasta asturmadrileño, ni cómo es que a estas alturas ningún cinéfilo ha sido aún capaz de desentrañar lo que yo llamo El Enigma Garci.