Durante dos o tres años lo hemos visto aparecer puntualmente, cada tarde, por la cafetería en la que aún solemos apurar nuestros ocios vespertinos. Era un hombre mayor, los setenta ya cumplidos, que ataviado con una gabardina –ya fuera verano, invierno o primavera– se acodaba en la barra y tomaba dos vasos de vino tinto (nunca uno más, nunca uno menos) antes de salir de nuevo a la inclemente calle que hollaba con sus pasos. Como es natural, no reparamos en su presencia hasta algún tiempo después de que empezase a frecuentar nuestro mismo lugar de esparcimiento, y tardamos algunos meses más en fantasear acerca de sus orígenes y motivos, de sus rutinas y soledades.
Por los cansados ojos que miraban al vacío mientras su mano apretaba el vaso, por el modo en que arrastraba los pies de camino hacia la puerta, supusimos que o bien se encontraba absolutamente solo en el mundo o bien algo le entristecía lo suficiente como para provocar en él aquel sentimiento de hastío que parecía impregnar cada uno de sus actos. Fue uno de nosotros (no recuerdo si Víctor o Alfonso) quien comenzó a referirse a él como Don Nadie, y así empezaríamos a llamarlo en lo sucesivo. Una tarde propuse que nos acercásemos, que le diésemos pie a iniciar una conversación que bien podría no conducir a ninguna parte pero que, al menos, le serviría de momentáneo desahogo. Mis amigos rechazaron la idea con no poca elocuencia (Yo no le contaría mis penas a tres desconocidos, dijo uno de ellos, que los vaya a divertir su puta madre), y así nos conformamos con observar desde nuestra mesa al fondo del bar su figura encorvada junto a los taburetes de la barra. Ni siquiera a Eloy, el dueño, le dijo jamás su verdadero nombre ni le aportó más pistas que esa voz profunda y rasgada con la que exigía su cotidiano elixir.
Hace dos semanas que Don Nadie no aparece por el bar, y ayer mismo empezamos a plantearnos por fin la posibilidad de que se haya muerto, de que su cuerpo yazca en su cama despojado de la vida que le daba sentido y de que un día de estos los periódicos nos sorprendan con la noticia del hallazgo de un cadáver pestilente en una casa abandonada. Le comenté a Víctor que ése podía ser un buen punto de arranque para una novela, pero él no estaba de acuerdo: Creo que te daba mejor para un artículo.
El Comercio, 28 de septiembre de 2006