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MICROCOSMOS

Bitácora oficial del escritor Miguel Barrero

21 Septiembre 2006

LOS PANERO, TREINTA AÑOS DESPUÉS

Hoy se cumplen tres décadas del estreno de El Desencanto, la película de Chávarri en la que la viuda y los hijos del padre del clan más maldito de la literatura española ajustan sus cuentas familiares
Hace hoy treinta años se inauguraba un mito. Una frase, una simple frase pronunciada por una suave voz de mujer sobre la imagen de una estatua oculta bajo unos plásticos, retumbaba entre las paredes de las salas de cine y abría el telón a una tragedia de reminiscencias edípicas que conmocionaría a una España que empezaba a dejar atrás las tinieblas franquistas para adentrarse por los intrincados caminos de la libertad. Él murió a las siete de la tarde en Castrillo de las Piedras. Con esas trece palabras, mínimo anticipo de lo que vendría después, comenzaba El desencanto. Y su eco aún suena hoy, tres décadas después, allá por donde planee la sombra del clan más maldito de la literatura española.

A priori, la sinopsis de la película no podría resultar más anodina. La viuda de Leopoldo Panero, considerado el 'poeta oficial del franquismo', recuerda junto a sus tres hijos -Juan Luis, Leopoldo María y Michi- la vida y obra del patriarca, a la vez que realizan un pormenorizado análisis de la vida familiar. No era, pues, descabellado pensar que el largometraje, dirigido por Jaime Chávarri y producido por Elías Querejeta, no encerraría más que una hagiografía del vate fallecido, un último tributo a las virtudes de una figura que, ya por aquél entonces, comenzaba a hundirse en las procelosas aguas del olvido. El desencanto, sin embargo, era todo lo contrario. En su hora y media aproximada de metraje, unos y otros se entregaban sin recato a la tarea de poner las cosas en su sitio, y ni la figura de Leopoldo Panero (primero) ni la de Felicidad Blanc, su viuda (después), salían muy bien paradas de la suerte de parricidio (póstumo en un caso, directo y presencial en el otro) que sus vástagos perpetraban a razón de veinticuatro imágenes por segundo.

La película, amén de introducir al cine patrio en los preceptos del llamado cinema verité, suponía un alarde de montaje e inmediatamente se convirtió en una esperanzada metáfora de lo que estaba por venir. El razonamiento, más o menos, fue que si las propias criaturas surgidas del franquismo se rebelaban contra aquello que les había dado vida, qué otra salida le quedaba a la sociedad española que la de deshacerse de una vez y para siempre de la dictadura que les había atenazado durante 40 años. Y de paso, Astorga, la ciudad natal de Leopoldo Panero, el escenario donde se consumaba tan cinematográfico crimen, adquiría para letraheridos y cinéfilos la categoría de ciudad mítica y se erigía en una especie de santuario laico para los adeptos a la recién nacida leyenda paneriana.

Del éxito de El desencanto dan fe el Premio Fotogramas de Plata, que ese año recayó en los Panero como mejores actores, las reacciones que suscitó su puesta de largo y el hecho de que 20 años más tarde Ricardo Franco rodara una secuela: Después de tantos años. Como es natural, los amigos, compañeros de viaje y lectores de Leopoldo Panero no tardaron en lanzar sus dardos contra el largometraje. En la trinchera opuesta, sucedía todo lo contrario. La división de opiniones en el universo paneriano empezó siendo enconada y sus rescoldos han llegado a nuestros días.

Patética y cínica

El escritor Andrés Trapiello, estudioso de la obra del patriarca, cree que El desencanto, cuyo estreno se retrasó dos años por la censura, es una de las exhibiciones más patéticas y cínicas que recuerda la historia del espectáculo. El periodista Federico Utrera, por el contrario, piensa que la película no sólo no ha desprestigiado al poeta, sino todo lo contrario: Gracias a ella y a las cáusticas y sinceras intervenciones de los hijos se rehabilita la poesía de Leopoldo Panero y se le dan unos aires de leyenda y perdurabilidad que ninguna critica literaria ha podido alcanzar. Le deben mucho Astorga y Leopoldo Panero padre a la valentía de Juan Luis, Leopoldo María y Michi.

Aún así, 30 años después de su estreno y muertos ya dos de los miembros del cuarteto (Felicidad y Michi), ni Juan Luis ni Leopoldo María, erigidos hoy en dos de los poetas más imprescindibles de la literatura española, parecen guardar muy buen recuerdo de la película. El primero dejó escrito en sus memorias que lo cierto es que no me reconocí en el documental, o al menos no del todo. En esa película yo intenté hacer cine y no lo entendieron ni Querejeta ni Chávarri, porque todos los demás estaban haciéndose un psicoanálisis. El segundo ha mostrado repetidas veces sus preferencias por el segundo largometraje, el de Franco, en detrimento del rodado entre Madrid y la casa familiar de Astorga. Casa a la que, por cierto, las hermanas de Leopoldo Panero, propietarias de la mayor parte del inmueble, impidieron volver a la viuda y a los hermanos después de escuchar atónitas cómo en la película Michi se refería a ellas como las idiotas de las tías.

Hoy sólo quedan dos de los artífices de tan dialéctico crimen. Las cenizas de Felicidad se han fundido con el viento, Michi reposa bajo la misma lápida que cobija los restos de su padre y la vieja casa astorgana de los Panero empieza a salir, merced a una restauración acometida por el Ayuntamiento maragato, de su selvático letargo. Mientras tanto, la película es objeto de tesis doctorales, de sesudos estudios cinematográficos y de la admiración de un no escaso número de personas que han visto en ella uno de los pasos adelante más arriesgados y valientes del cine español.

El Comercio, 20 de septiembre de 2006
Texto: Miguel Barrero
Foto: Julia Vicente

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Sobre mí

Miguel Barrero (Oviedo, 1980) se licenció en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca y ha trabajado y colaborado en diversos medios asturianos. Con su primera novela, Espejo, obtuvo el Premio Asturias Joven de Narrativa 2004. Algunos de sus relatos han salido a la luz en las publicaciones Eventual y El Norte de los Libros, así como en el diario La Nueva España. Está incluido en el volumen colectivo Guernica variaciones Gernika. En la actualidad, trabaja como redactor en el semanario Les Noticies, publica una columna semanal en el diario El Comercio y colabora habitualmente con la revista cultural ElSúmmum.

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