Uno tiene que cuidar muy mucho su pasado si quiere asegurarse su presente y, de paso, labrarse un porvenir en los altares del futuro, sobre todo en una época donde tan proclives somos a hacer leña del árbol caído según pinte la ocasión. Hemos asistido en las últimas semanas a una suerte de juicio sumarísimo en el que escritores, políticos, críticos e individuos del más variopinto pelaje elucubraban si Günter Grass había hecho bien en desvelar su paso por las SS y, llegado el caso, si el hecho de que durante un tiempo hubiese pertenecido a la guardia pretoriana de Hitler invalidaba sus incuestionables logros como escritor. Supongo que poco le importará al autor de El tambor de hojalata el que algún pájaro de mal agüero se haya apresurado a reseñar el descrédito en que a partir de ahora cae su obra, y que sí estará orgulloso de la valentía demostrada al poner sobre la mesa, cuando ya no era necesario, un pasado oprobioso y del que nadie con dos dedos de frente puede culparle.
Pero ya se sabe que aquí las cosas se miran con doble rasero según quién esté en el baile. Que un adolescente Grass pasase a formar parte de las milicias nazis cuando aún no había cumplido la mayoría de edad no resulta apenas escandaloso. También lo hizo Ratzinger, y nadie tuvo valor para echarle en cara aquellos grandilocuentes interrogantes que soltó ante un campo de concentración. En cambio, hay otros casos conocidos y mucho más condenables (y ocurridos aquí, en España) que muy pocos se atreven a desempolvar. Escribía Javier Marías el pasado domingo sobre el caso de Camilo José Cela, don Camilo, nuestro último y flamante Premio Nobel. Era ya un hombre hecho y derecho cuando se pasó al bando nacional en plena guerra, y también cuando le ofreció al régimen franquista sus servicios como censor, y no digamos cuando le firmó una dedicatoria babosa y complaciente a Millán Astray, el pistolero. Con el Caudillo flirteó Aranguren en su día (aunque luego se tiñese de rojo), y también gente como Torrente Ballester, Umbral o Delibes camparon a sus anchas por la estepa dictatorial sin que nadie se haya escandalizado demasiado. Si en ninguno de esos casos se llegó a enjuiciar la obra en función de la ideología de su autor, no veo por qué habría que releer a Grass a la luz de las nuevas revelaciones. Es como si algún obispo interrogase mañana a Losantos acerca de su pasado trotskista o a Moa sobre el suyo en los GRAPO, y obrase en consecuencia.
El Comercio, 14 de septiembre de 2006
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