MICROCOSMOS35: TURISTAS
Contaba el otro día Francisco Ayala cómo en su adolescencia se iba a estudiar al palacio de Carlos V, en la Alhambra. La paz del lugar, abandonado por Alá y olvidado por los hombres, lo convertían en un escenario propicio para el aprendizaje y el estudio. Recuerdo algún domingo de mi infancia en Vega del Rey, y varias veces me han contado mis padres cómo la guardesa de Santa Cristina de Lena nos cedía las llaves para que durante el día las usásemos tanto como quisiésemos. Como se imaginarán, éramos los únicos que de cuando en cuando pasaban por allí. Lo demás era silencio.
Sin embargo, los planes turísticos, las estrategias económicas de diversificación y todas esas zarandajas han terminado por convertir lo que antes eran paraísos terrenales, remansos de quietud, en auténticos corrales para el despendole de los individuos más zarrapastrosos. El Camino de Santiago era, hace veinte años, una inmensa senda para el tránsito de almas solitarias o místicas que atravesaban el norte de España desde los Pirineos hasta el Campus Stelae. Hoy, es algo así como una autopista de lo cool por la que desfilan jóvenes catequistas con sus rancios cantos setenteros, ingleses tratando de rellenar el vacío entre cerveza y cerveza u hordas de japoneses, Nikon en ristre, ansiosos por regresar pronto a su tierra para ver en una pantalla lo que rechazaron observar con sus propios ojos en vacaciones. Ay del que quiera entrar a la catedral de Burgos para rezar sus oraciones: le cobrarán entrada si osa atravesar sus nobles puertas. Ay de aquél que quiera fumar un cigarrillo tranquilamente entre las espléndidas ruinas de Mérida: tendrá que respetar el horario impuesto por la comunidad autónoma si no quiere dar con sus huesos en el calabozo. Lugares que antes eran mágicos son ahora cuevas explotadas por los mercaderes más infames, y cualquier cafre visita la iglesia más recóndita para decirse a sí mismo que ya es un intelectual de tomo y lomo. Hace poco estuve en la catedral de León. Observaba yo sus vidrieras cuando reparé en un matrimonio de viejos con pinta de haber llegado hasta allí en una de esas excursiones con demostración comercial de por medio. La mujer se quedó mirando las bóvedas del templo y yo sonreí pensando que, a pesar de su pinta de guiri desquiciada, algo le estaría removiendo el alma allí dentro. Pero mi gozo no tardó en caerse al pozo. Hay que ver, la oí decir a su marido mientras movía con brío el abanico, lo limpio que está todo.
El Comercio, 20 de julio de 2006
