Hace unos días, en la Semana Negra, estuve ante la foto más triste del mundo. Fue tomada por un reportero de la agencia Associated Press en algún momento de nuestra Guerra Civil, y en ella se ve a un soldado sujetando entre sus manos una asta de la que cuelga (o se desprende) una bandera republicana hecha trizas. El hombre la observa con los ojos heridos por la pena y la rabia y tuerce los labios en un gesto en el que se adivinan tanto el llanto como la furia contenida por la impotencia ante lo que ya empezaba a parecer imparable. Apenas se percibe el fondo, pero no hay que echarle mucha imaginación para adivinarlo: alguna ciudad bombardeada, una pila de escombros que ocupan el lugar de lo que una vez fue vivienda u hospital, un ayuntamiento que prefirió defender la legalidad a rendirse ante los criminales.
Me rodea un entorno bien distinto. Estoy en medio de una exposición, en una calurosísima tarde de julio, y de la calle llegan las voces de unos niños que juegan, el alborozado estruendo de un circo cercano… Pero yo sólo pienso en ese hombre, que con una dulzura infinita (porque también la hay en su mirada) se preguntará qué hacer con su enseña, si dejarla abandonada ahí mismo, junto a la tierra removida y los cadáveres, o tratar de recomponerla con la esperanza de que algún día vuelva a izar su dignidad en los edificios oficiales. Y me sorprendo deseando que la Historia fuese amable con ese hombre, dentro de lo que cabe. Que lograra reencontrarse con su mujer, con sus hijos, con sus amigos, y que consiguiese emigrar a un país alejado de esta España desdichada y maldita que desde siempre (y Machado lo escribió como nadie) ha estado sepultada bajo la sombra de Caín y en la que todos los avances que se intentaron fueron truncados por los mismos a fuerza de golpes y beaterías. Sonrío imaginando al soldado de la foto siendo feliz en México, o en Buenos Aires, mientras aquí el sueño y la mentira de Franco se imponían como una consigna indubitable que aún hoy defienden a ultranza periodistas meapilas e historiadores de opereta. Y mientras pienso todo esto, noto que la tristeza de ese tipo se ha hecho mía y que ya nunca seré capaz de olvidar su mirada. Tan triste. Tan apagada. Tan decente. Tan bella.
El Comercio, 13 de julio de 2006