MICROCOSMOS28: MALDITOS
César Vallejo no tuvo suerte en vida. Fue el menor de doce hermanos y la escasez de dinero le impidió estudiar Medicina. Trabajó como maestro, le acusaron injustamente de un altercado y a sus veintinueve años ya había pasado más de cien días en prisión. Militante comunista, entregó todos sus desvelos al ideal en el que vislumbró el fin de las desigualdades y fue malviviendo hasta que la parca lo sorprendió casi arruinado. Murió en París, un día de aguacero que había comenzado a recordar prematuramente muchos años atrás. En su funeral apenas había una veintena de personas.
César Vallejo fue un maldito. Un maldito que, dentro de lo que cabe, gozó a posteriori de la fortuna que tan esquiva se le había mostrado mientras habitaba este perro mundo. Él fue recordado por la posteridad, pero otros muchos se quedaron sin ese consuelo. Se perdieron por el camino y sólo pudieron legarnos el relato ―casi siempre narrado por terceros― de su acongojante lucha por la vida y la gloria. Esos malditos, los de antes, eran hombres entregados, dispuestos a humillarse ante quien fuera con tal de ver publicados sus poemas o sus relatos. Hombres para los que la literatura lo era todo y a los que atormentaban cada noche lúgubres pesadillas en las que se presagiaba el fin que a la postre padecieron. Nada que ver, en estos tiempos tan propicios a la corrupción semántica, con los ejemplares que de vez en cuando aparecen por las páginas culturales de los periódicos o por ciertos programas de televisión luciendo palmito, presumiendo de sus muy poéticas borracheras o practicando hasta el sonrojo (ajeno) la burda retórica del cacaculopedopís. Esos individuos, que tanto predicamento parecen tener en estos turbios inicios de siglo, no son más que farsantes. Se definen a sí mismos como malditos (todo el que haya leído uno o dos manuales de literatura sabe que ninguno de los que sí lo fue se jactó nunca de esa condición, es más, la deploraban), echan mano de tres o cuatro topicazos aprendidos de carrerilla en el BUP y pretenden que el mundo entero se les postre de hinojos y se humille ante su sapientísima demencia. A veces, y eso es lo malo, lo consiguen. Y mientras derrochan tontería y perogrulladas en debates y entrevistas, los malditos de verdad, los auténticos, los que no podían permitirse comprar gafas de sol ni cambiar de ropa cada día ni gastarse su ínfima paga en cubalibres, se revuelven en sus tumbas. Y con razón.
El Comercio, 1 de junio de 2006
