Suele suceder que el converso termina abrazando su nueva fe con más fervor incluso que los iniciadores o promotores del culto. Fíjense si no en las prosas de esos columnistas que en su juventud presumieron de ser honorables maoístas y hoy andan predicando desde sus púlpitos de papel y tinta las virtudes del liberalismo (qué pensarían Jovellanos o Feijoo si levantasen la cabeza) y la necesidad de hacerle la corte a ese analfabeto ex alcohólico que gobierna nuestros destinos.
Me dio por pensar en todo esto la semana pasada, mientras veía por televisión cómo ese tal Martínez Pujalte hacía el payaso en el Congreso de los Diputados y sus compañeros de filas en el Partido Pendenciero lo jaleaban y aun animaban a que siguiese humillando a la democracia española con sus ademanes de bufón torpe y decadente. Escuchaba las voces de esos defensores de la patria pidiendo libertad y justicia (creo que no llegaron a solicitar una amnistía, habría resultado demasiado falso incluso para ellos), miraba sus caras y me preguntaba a mí mismo cuántos Zaplanas, cuántas Masaveus, cuántos Acebes pedían lo mismo hace unos cuantos años, cuando ese líder en la sombra que tienen publicaba en La Rioja furibundos artículos contra la Constitución que ahora defiende como si la vida le fuera en ello, alegando precisamente (la historia es cíclica, dicen) que el Estado de las Autonomías iba a suponer la ruptura definitiva de esa España que tanto esfuerzo había costado cohesionar. Me pregunté también cuántos Pujaltes dejaron de acudir a clase en solidaridad con los compañeros detenidos por las fuerzas vivas del antiguo régimen o en qué medida el mismísimo Aznar habría sopesado un tiempo atrás la posibilidad de convocar un referendo por el que la ciudadanía ratificase la intervención de nuestro país en la ocupación de Iraq. Tampoco pude dejar de plantearme la posibilidad de que Rajoy, sin que nosotros lo supiésemos, haya llamado alguna vez fascista a quien sí lo era y le apoyaba en sus aspiraciones y no a alguien que hasta ahora, que yo sepa, no ha hecho sino cumplir, o intentarlo, un programa electoral que en su día fue refrendado por once millones de votantes. Me preguntaba todo esto mientras ellos, conversos a todas las religiones que les permitan exculpar sus pecados juveniles, insultaban y se mofaban de las instituciones que representan al pueblo que dicen defender. Y no hallé respuesta. Y me dio la risa. Y apagué la tele.
El Comercio, 18 de mayo de 2006