Siempre he dicho que Gonzalo Suárez es uno de los grandes creadores de este país. Lo supe cuando en las largas y tediosas tardes del invierno salmantino frecuentaba el lóbrego edificio que albergaba la Filmoteca para ponerme al día en algunas cosas que consideraba imprescindibles y me topé con Remando al viento, Epílogo y El detective y la muerte, y también cuando me hice en una librería de la ciudad del Tormes con un volumen en el que se recopilaban algunos de sus libros. Sorprendentemente inadvertido por la más lustrosa crítica contemporánea, lo que le permite zafarse de no pocos cargantes y navegar tranquilamente por los tempestuosos océanos del cine y la literatura, Suárez ha venido ofreciendo en los últimos años jugosas y variopintas dosis de un arte tras el que se oculta una concepción de la vida tan lúcida como sarcástica como, en el fondo, profundamente pesimista.
Le asiste, además, la virtud de saber guardar ases en la manga como nadie. El último lo ha puesto estos días sobre el tapete de mano de la editorial Seix Barral, que en un acto de justicia poética ha editado La suela de mis zapatos, una recopilación de crónicas escritas por el hoy director de cine cuando aún nada era ni nada tenía, ni siquiera nombre. Desde siempre se ha dicho que el nuevo periodismo nació en los Estados Unidos de la década de los setenta por obra y gracia de Tom Wolfe y sus seguidores. La suela de mis zapatos viene a demostrar, con suma elegancia, la falsedad del tópico para contarnos cómo en los años sesenta, en una Barcelona franquista y, por ello, extrañamente cosmopolita, un tal Martín Girard ponía en apuros a Camilo José Cela, abordaba a Antonio Machín a las puertas de un hotel o acudía al zoológico para investigar la muerte de una jirafa. Suárez (o Girard) iniciaba así esos juegos de máscaras que tanto marcarían su posterior trayectoria para inmortalizar con su pluma historias que, por cotidianas, nadie se había encargado de contar. Y uno lee La suela de mis zapatos y no puede dejar de sentir sorpresa y una cierta emoción contenida al observar en primera fila cómo, en un humilde vespertino de la Barcelona franquista, un individuo sin oficio ni beneficio salía a la calle cada día para ir perfilando, sin saberlo, los contornos de un nuevo género literario. Y ese tipo de cosas, que yo sepa, sólo las hacen los genios.
El Comercio, 27 de abril de 2006