¿Recuerdan aquel artículo de Larra en el que un abnegado funcionario enarbolaba una y otra vez la consigna del vuelva usted mañana para deshacerse de los inoportunos españolitos que visitaban su humilde ventanilla? ¿Recuerdan las colas que seguramente han tenido que padecer en organismos más o menos oficiales, los consiguientes dolores en las articulaciones, las continuas diatribas acerca de tal o cual impreso que, casualmente, nunca aparece o el eso en la otra ventanilla con que siempre suelen concluir tan agradables diálogos de besugos? Pues bien, todo eso está a punto de pasar a la historia. La tecnología, ese maná salvador, va a conseguir que ni siquiera los funcionarios desagradables tengan que esforzarse demasiado para exhibir su carácter a las claras. El otro día tuve ocasión de comprobarlo en mis propias carnes y me dio pavor ver cómo el mundo de hoy se parece tan crudamente al que retrataba Kafka. Ni se imaginan.
Tenía que dejar unos papeles en el registro general de la administración, en el ovetense barrio de Llamaquique, y como el cotarro abría a las nueve y yo a esa hora tenía que estar en otra parte, me pegué el madrugón para no tardar más de la cuenta. Así pues, me ubiqué ante las puertas a las nueve menos veinte, y cuando éstas se abrieron me fui raudo hacia la ventanilla que me correspondía. Perdone, le dije a una mujer que me miraba con una sonrisa de oreja a oreja mientras se limaba las uñas. Venía a dejar unos papeles, y no sé si es aquí. Miró los folios que le tendía y dictaminó: Sí, es aquí, pero tiene que sacar número. Tardé un rato en comprender que se refería a una de esas maquinitas que antes eran patrimonio exclusivo de supermercados y que hoy ya adornan todos los edificios más o menos oficiales. Miré a mi alrededor. Pero aquí no hay nadie más, dije, es absurdo sacar turno pues sólo yo quiero hacer algo en esta ventanilla.
Son las reglas, respondió para mi pasmo. Me fui, pues, en dirección a la dichosa maquinita para sacar mi número, que, claro, era el 0001. Ahora, me dijo cuando volví a situarme ante ella, tiene que esperar a que suene el pitido indicando que es su turno. Como lo oyen. Tal cual. Así que ahí me quedé yo como un pasmarote, esperando hasta que un horrísono piiii puso fin a la farsa y pude, por fin, acceder a la ventanilla mientras me lamentaba por no tener a mano, al menos, una garrafa de gasolina.
El Comercio, 6 de abril de 2006