Mi profesor de Lengua de 6º de EGB era un tipejo siniestro. Reincidente artífice de discursos imposibles de seguir, constante defensor de unas virtudes cuyas vicisitudes jamás nos fueron detalladas, nos obligaba a ser partícipes de sus mismos gustos y aficiones si no queríamos exhibir el Necesita Mejorar que, con trazo firme y preciso, dejaba para la posteridad en nuestro boletín de evaluación.
Gustaba este individuo (hace siglos que no sé nada de él, igual hasta me lee) de humillar desde su tarima a aquellos zagales que entretenían sus ratos de ocio (teníamos once años) con la lectura de comics o tebeos, argumentando que a nada llegaríamos si a tan temprana edad no sabíamos disfrutar ya de Proust, de Conrad, de Melville. Contrito, avergonzado y con la cabeza gacha tras las espaldas del chaval que se sentaba en el pupitre delantero, yo me lamentaba en silencio por tener entre mis héroes preferidos a Conan el bárbaro, Superlópez o el mismísimo Astérix, y no a Stephen Dedalus, Joseph K o Maigret. Había que disimular mucho. ¿Qué hubiera sido de mi graduado escolar, del expediente que me permitió pasar del colegio al instituto y del instituto a la universidad, si aquel prohombre de la cultura hubiese descubierto mi inconfesable afición, mi solitario vicio de las tardes, las carcajadas que me echaba cuando Panorámix le negaba al bueno de Obélix su dosis de poción?
Poco a poco fui abandonando los comics, y me fui atreviendo con Joyce, con Cervantes, con Mann, y no ha sido hasta hace muy poco cuando he redescubierto a aquellos entrañables compañeros que tanta compañía me hicieron en mi infancia y que ayudaron muy mucho (pese a que a aquel docente sabelotodo pontificase justamente lo contrario) a hacer germinar en mí la afición lectora que espero conservar hasta que me vaya al otro barrio. Y por eso me hace tanta ilusión verme a mí mismo ahora convertido en personaje de cómic, aunque sea en un papel muy secundario y aun prescindible, de la mano del gran Ángel de la Calle, el mismo que cada verano les relaja a ustedes la vista con esas dos jamonas en bikini. Por eso me gusta tanto verme inmortalizado entre las líneas de una viñeta, y por eso quiero dedicarles hoy este artículo tanto al autor de la obra como a mi viejo maestro. Al primero, para darle las gracias. Al segundo, para que chinche.
El Comercio, 23 de marzo de 2006
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