No gano para sustos. Me regalaron el otro día un ejemplar de la edición de El Quijote que a finales de 2004 publicó la Real Academia Española y casi me desmayo al toparme de bruces, nada más abrir el volumen, con un prólogo firmado por el mismísimo presidente del Principado. Comencé a leerlo con ciertas precauciones que, ay, no tardaron en confirmarse. En tres páginas escasas, nuestro máximo representante empleaba sino en vez de si no, reincidía en la ya tradicional memez de la separación de sexos (niños y niñas, asturianos y asturianas, muchachos y muchachas, los dos últimos grupos nominales en líneas consecutivas) e incurría en varios de esos tópicos que tanto daño han hecho a la obra más importante de nuestra literatura.
Por desgracia, tan quijotesco prólogo no resulta nada extraño en estos tiempos. Lejos han quedado ya aquellos días en que los políticos se instruían en los recovecos de la retórica antes de pronunciar un discurso ante sus oyentes, por muy entregados que estuviesen de antemano; lejos están los oradores romanos, los Platones, los Pericles, y todos los que una vez hicieron digna esa política que hoy sólo produce hastío y vergüenza ajena. Aún me tiembla el pulso al recordar aquel soporífero panfleto con que Juan Carlos Santos, ese demócrata, trató hace años de remover las conciencias de los gijoneses, y tengo que llamar al psicólogo cada vez que me da por echar un vistazo a los artículos que, con osada insistencia, publican esos individuos a los que elegimos cada cuatro años en diarios, revistas y hasta hojas parroquiales, si les dejan. Yo no sé si es que nadie les ha aconsejado a tiempo o si lo que ocurre es que les importa una higa que sus conciudadanos padezcan la tosquedad de su prosa, la pobreza de su léxico, las inmensas lagunas (a veces auténticos océanos) que evidencian sus construcciones sintácticas o su absoluta falta de interés hacia el arte del bien decir.
A ver si me entienden. No digo que los políticos tengan que conocerse todas las palabras del diccionario, ni que sepan más de gramática que el Lázaro Carreter que tanto nos iluminaba con sus dardos, pero ya que se ponen a escribir (y parece que les encanta) estaría bien que se dejasen asesorar por gente de confianza. No les resultaría muy difícil. En esta región hay centenares de filólogos en paro. Y la mayoría están dispuestos a hacer lo que sea con tal de no convertirse en leyendas urbanas.
El Comercio, 2 de marzo de 2006
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