Me costó encontrarla. Tuve que recorrer dos veces el perímetro del cementerio municipal de Astorga antes de rendirme y buscar al enterrador para preguntarle por la ubicación de la tumba de los Panero. El panteón estaba a un lado de la calle principal del camposanto, y nada en él llamaba la atención como para individualizarlo a simple vista entre el bosque de cruces y piadosas esculturas bajo las que yacían los ausentes. «No ha venido a verla nadie nunca», me decía mientras caminábamos, «sólo los que quedan de la familia». No pude sustraerme al déjà-vu. Unos años atrás, en Salamanca, había padecido similares desvelos tratando de localizar el sepulcro de don Miguel de Unamuno, y mucho antes había tenido que afinar la vista en grado sumo para hallar en la catedral de Burgos la discretísima lápida bajo la que reposan los restos del Cid.
Qué cosas. En mi primer viaje a París, eché una mañana visitando el cementerio del Père Lachaise. Paneles, mapas y folletos informaban al viajero del lugar exacto en el que podía encontrar las últimas moradas de Oscar Wilde, Jim Morrison, Eloísa y Abelardo, Balzac o Delacroix. En todas había flores, las lápidas estaban bien cuidadas, se rendía el debido respeto a aquellos que habían contribuido con su obra a hacer más habitable este infame mundo. Y la cosa no acaba ahí. También en París pude ver lo que veía Victor Hugo desde su ventana de la Place des Vosges, subir con Quasimodo al campanario de Notre Dame o sobrecogerme en la cripta del Panteón ante las muy exhibidas sepulturas de Voltaire o Rousseau. Unos cuantos kilómetros al sur, en Amboise, recorrí las estancias en las que pasó sus últimos años Leonardo da Vinci (que no se dedicaba sólo a tramar conjuras secretas, como creen algunos), y nadie me impidió fotografiar en Orleáns la sencilla y encantadora fachada de la casa de Juana de Arco.
Claro que España es diferente, como dice ese afortunado reclamo promocional. Traten aquí de rastrear por el viejo Madrid las huellas de los mejores hombres de nuestro Siglo de Oro y verán cómo desisten tras partirse la pierna en alguna zanja, descubran en la colegiata de San Isidoro de León una copia de la estela funeraria de Pintaius y pásmense al constatar que ni los guías saben qué carajo hace allí ni dónde está la original, busquen en Oviedo, mismamente, la casa donde vivió Clarín o los escenarios en que se inspiró para escribir La Regenta... Verán qué divertido. Verán qué bien tratamos aquí a nuestros ilustres. Verán qué ganas les entran de emigrar.
El Comercio, 16 de febrero de 2006
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