Nada mejor que un artículo cañero para empezar el año a cuenta de la política prohibicionista del Gobierno. Eso sí, con educación.
Van a disculpar que me repita, pero es que el asunto se ha tornado más grave de lo que esperaba cuando, allá por el pasado mes de abril, me estrené en estas páginas con un artículo en el que, bajo el título de El cigarrillo de Sartre, me hacía eco de la polémica surgida en la vecina Francia después de que un cartel conmemorativo del centenario del filósofo galo fuese retocado con el propósito de eliminar un cigarro que éste estrujaba entre sus dedos. Aquí, en España, el 2006 que ahora empieza no parece, de entrada, que vaya a ser un buen año. Ninguno de los partidos que forman parte del Congreso que cada cuatro años elegimos ustedes y yo se pone de acuerdo a la hora de luchar contra el terrorismo, reformar estatutos autonómicos o negociar en Bruselas dineros con los que, parece, nos jugamos el tipo. Más aún, ninguno piensa multar a las fábricas de automóviles por sus continuas apologías de la velocidad ni vigilar escrupulosamente que las televisiones cumplan eso que ellas mismas han definido como horario infantil ni tomar medidas drásticas y urgentes para mejorar los índices de lectura o la eficacia del sistema educativo y evitar así que (como ha ocurrido hace bien poco) tres chavaletes ociosos prendan fuego a una mendiga con el único fin de divertirse. No se pondrá freno a los empresarios que desde tiempo atrás chulean a los recién licenciados con contratos basura y promesas de una futura estabilidad que nunca llegan a cumplirse, no se impedirá que tiburones con deudas multimillonarias eludan la cárcel como si aquí no pasara nada ni dimitirán esos políticos que, lejos de tener en cuenta los consejos de Aristóteles, se entregan jornada tras jornada a la chabacanería y la sal gruesa. Seguiremos siendo, en fin, el país que hemos sido desde que un tal Goya nos inmortalizara matándonos a garrotazos a la puerta de una cantina. Y todos tan contentos.
Pero eso sí, si usted es uno de esos indeseables, apestosos personajes, que de cuando en cuando gusta de echarse un pitillo para aliviar la crudeza que, seguramente, impregna sus horas desde que suena el maldito despertador hasta que vuelve a meterse en la cama, entonces la ha fastidiado. Porque eso sí que no, no se vayan a pensar. Que fumar equivale más o menos a suicidarse en diferido y eso supone un pastón para las arcas de unos servicios sanitarios que se financian con la gasolina con que cada día tiene que alimentar el coche que le lleva a su puesto de trabajo mientras los de arriba montan televisiones o ponen los pies encima de la mesa del Gran Jefe a la par que sujetan un lustroso habano entre sus labios. Que fumar ya ha dejado de ser chic y ni siquiera los buenos de las películas estadounidenses lo hacen, ni siquiera se conoce a nadie del actual Gobierno que ande por la vida enganchado a tan pernicioso vicio. No tiene disculpa. Hay múltiples actividades alternativas: estrangular a sus gerifaltes, atropellar ancianitas, atracar bancos, delinquir por suplantación de personalidad, torturar inocentes en cárceles ilegales... Todo menos encender un pitillo. Eso podría ser su ruina.
Enero de 2006