La historia que les voy a contar sucedió muy cerca, pero podía haber ocurrido en cualquier lugar de este santo país. Un colegio organizaba una fiesta navideña en la que no podía faltar nada, y su junta directiva contrató a un negrito de esos que día tras día malviven por nuestras aceras para desempeñar el papel de Príncipe Aliatar. El sarao, además de navideño, iba a ser solidario y, por supuesto, tenía que desarrollarse con toda la pompa, así que los padres regalaban juguetes viejos para que las autoridades competentes se los trasladaran a las familias menos favorecidas del concejo y la Policía, a cambio, iba allí a dar lustre y prestigio a la cosa escoltando al emisario de Sus Majestades durante su visita al colegio. Bien. La cuestión es que el negrito (que no sabía todo esto) entró al centro y, una vez disfrazado con su turbante y su capa, salió por la puerta de atrás dispuesto a recibir a su séquito, pero cuando vio ante sí el coche de los maderos se acordó de la madre de Papá Noel y de los papeles que no tenía y tomó las de Villadiego. Los niños, como supondrán, se quedaron con un palmo de narices. Sus padres, con un cabreo de órdago.
¿La moraleja? No la hay en esta historia, o muy panfletario habría que ser para encontrársela. Si la he traído a colación es porque me la contaron y me hizo gracia y creo que refleja muy bien la hipocresía de unas fechas en las que todos estamos obligados a ser felices por decreto, en las que no paramos de desearnos unos a otros toda la dicha del mundo mientras fingimos olvidar las zancadillas con que nos obsequiamos durante el resto del año.
Unos días en los que para celebrar unas efemérides realmente dudosas gastamos más dinero del que tenemos a mayor gloria de los centros comerciales. Unos fastos de los que lo único seguro es que, una vez transcurridos, dejarán la misma sensación de vacío de siempre, el íntimo desasosiego que emana del saberse cómplice de una farsa tan mayúscula y tan inmisericorde que ni siquiera permite que un nostálgico y maltratado inmigrante pueda dejar de lado su triste condición para convertirse en príncipe por unas horas.
Feliz año nuevo.
El Comercio, 29 de diciembre de 2005
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