Quienes vemos en la novela uno de los mejores instrumentos para comprender el mundo estamos de enhorabuena. En múltiples y variadas ocasiones he tenido que lidiar con algunos amigos, muy prácticos ellos, apóstoles de la raíz cuadrada y el logaritmo neperiano, que de continuo denostaban mi afición a las ficciones argumentando que ninguna utilidad podía desprenderse de ellas, que en nada podían ayudar las tribulaciones de Aschenbach en Venecia o el regreso de Ulises a Ítaca al desempeño de las labores con que tenemos que ganarnos el sustento o que de poco servían hipérboles, paradojas y sinestesias a la hora de redactar informes o elaborar los complicados peritajes con que ellos chamuscan sus pestañas hasta pasada la medianoche. Mis sólidos argumentos, las fundadas razones que yo empleaba para defender mi arraigado vicio, no constituían para ellos más que pura fanfarria, obsoleta verborrea predestinada al olvido, burdas excusas con las que disculpar mi imperdonable perversión; y así, terminaba las veladas contrito, temeroso de ser yo el equivocado, extrañamente culpable por hallar deleite en La metamorfosis y no en la trigonometría ni en elementos periódicamente tabulados.
Pero ahora ya se me han quitado los complejos. La realidad, el día a día, el devenir cotidiano (esos conceptos tan estimados por mis compadres), han incurrido en la paradoja para venir en mi ayuda y ofrecerme un sólido soporte dialéctico en que basar mis aseveraciones. Porque nadie puede negar que el mundo de hoy se caracteriza, precisamente, por su carácter ficcional. Hemos participado ficticiamente en una guerra ficticia argumentada con motivos ficticios; asistimos de continuo a huelgas ficticias (una de ellas general, hace unos años); escuchamos discursos ficticios en torno a ficticios problemas sucesorios; vemos manifestaciones convocadas para protestar por el articulado ficticio de una ley y compramos vacunas ficticias para una pandemia ficticia (y ojalá que así siga). Incluso puede que esta columna y usted mismo también sean ficticios y por tanto yo esté escribiendo para nada. O tal vez el ficticio sea yo y me vea en el brete de tener que preguntarme acerca de las razones de mi existencia sin ningún psicoanalista cerca.
Y si la columna, usted y yo somos ficticios, ¿por qué no iban a serlo también las calles que pisamos, el café que tomamos cada mañana o la cama sobre la que yacemos al término de la jornada? Ya ven qué follón. Quizás una novela sea lo más real que puedan pillar a mano.
El Comercio, 15 de diciembre de 2005