El mismo día en que salía publicado el artículo anterior, Joaquín Sabina ofrecía el primer concierto de los tres que había programados en Gijón después de más de cuatro años sin aparecer por la ciudad musicalmente hablando (había participado en dos recitales poéticos de la Semana Negra). Sin embargo, todo se frustró cuando, tras la sexta canción y después de dejar patente el mal estado de su voz, decidió suspender el concierto y abandonar el escenario. Con ese motivo, y dada mi condición de irredento sabiniano, me pidieron de El Comercio un artículo especial para la edición del sábado que a continuación reproduzco. Dado su carácter extraordinario, no apareció bajo el epígrafe Microcosmos que sí agrupa a los que he venido publicando hasta ahora. En esta bitácora aparece con el título original con el que yo lo había bautizado y no con el que terminó saliendo en los papeles (Pudo ser peor, un encabezamiento que, a mi juicio, acarrea ciertas connotaciones negativas de las que carece el texto) y con un adjetivo que (ignoro los motivos) desapareció en la columna que apareció publicada.
Pudo haber sido peor. Pudo haberse aferrado a la chequera y proseguir con un recital en el que desde el principio quedó claro que algo no iba bien, o reducir el repertorio hasta convertirlo en un karaoke donde su papel quedase reducido al del simple comparsa sin más misión sobre las tablas que la de marcar las entradas a un público que, por lo demás, tampoco exigía demasiados virtuosismos. Pero Sabina fue honesto. Se plantó tras la sexta canción y reconoció que su ética le impedía cobrar por lo que estaba haciendo, bendijo al respetable y se llevó la música a su hotel.
Quienes lo vieron caminar el breve trayecto que separa los camerinos del Jovellanos de la puerta de atrás del teatro describen a un Sabina hundido, abochornado ante su propia impotencia («No puedo cantar así, no puedo cantar así», dicen que repetía), patéticamente solo en la huida hacia el colchón de sus soledades. Mientras su coche se perdía en las tinieblas rumbo a Oviedo, las mil almas ante las que había confesado su inesperada derrota abandonaban el teatro y algunas, fieles a ese afán por hacer leña del árbol caído, se entretenían dedicándole improperios. Todos obscenos. Todos burdos. Todos falsos.
La juerga del miércoles fue la excusa, me temo que no la causa. No creo que una laringitis aguda se contraiga en una noche de fiesta, y no debe olvidarse que el mayor perjudicado por la suspensión no fue otro que el propio Sabina, que de un plumazo vio cómo perdía su dinero y su credibilidad ante quienes diez minutos antes del primer tema lo consideraban poco menos que un dios. Ni siquiera faltaron, de refilón, rastreras críticas tanto al teatro como al concejal de Festejos (al que, si bien puede que tenga culpa de muchas cosas, ninguna responsabilidad cabe achacarle en este affaire). Fue Sabina, él solo, el que llegó, vio y se hundió. Y tuvo el valor para reconocerlo allí mismo, en caliente y con las palabras más crudas, más inclementes para consigo, que fue capaz de encontrar. Por eso sigue teniendo mi admiración. Y, desde el jueves, también el mayor de mis respetos.

Foto: Sandra Naredo
El Comercio, 10 de diciembre de 2005