MICROCOSMOS02: 'CLARÍN'
Se llamaba Carlos Casado, pero todos lo conocían como Clarín. Regentaba una librería en el barrio de Santa Marina, en Mieres, que había bautizado con el apodo del autor de La Regenta (de ahí el suyo propio), y en ella me compraron hace ya unos cuantos años mi primer cómic de Tintín. Era un hombre bajo, caminaba encorvado a zancadas irregulares y de sus torcidos y maltrechos labios salían frases difícilmente inteligibles para quien no estaba medianamente familiarizado con sus defectos de pronunciación. Es natural, pues, que la mera aparición de su figura acercándose desde el otro extremo de la calle causara cierta curiosidad -no exenta de un precavido respeto- a los tiernos infantes que en aquella época dábamos curso a nuestros juegos a la sombra de los bloques de viviendas con que el régimen franquista había materializado su mal entendido paternalismo.
Con el paso de los años me enteré de que en su librería, un local ínfimo y medio escondido en el bajo de un bloque de viviendas, se habían despachado durante los años de ignominia libros cuya lectura no era especialmente recomendada por los gerifaltes de la dictadura, y también supe que por esa causa aquel tipo que nos resultaba tan familiar como extravagante había padecido interrogatorios, visitas inesperadas de los cuerpos de seguridad y vejaciones varias durante algunos años, tantos como transcurrieron hasta que se apagó aquella tétrica luz del palacio de El Pardo.
Murió hace poco más de un mes, y sólo una inexpresiva esquela y una lánguida carta al director en un periódico local dieron cuenta de su repentina e inesperada ausencia. Yo lo vi por última vez hará cosa de un año, a las tantas de la madrugada, al fondo de un bar. Estaba hablando con una mujer joven y guapa, y no me atreví a acercarme.
No habíamos llegado a conocernos, nunca nos habían presentado y él no tenía por qué acordarse de aquel niño que de cuando en cuando iba por su tienda en busca de nuevos ejemplares de Mortadelo o La Patrulla X. En realidad, él apenas había pasado por mi vida y yo no había pintado nada en la suya, pero cuando escuché, en una conversación ajena, la noticia de su muerte sentí algo parecido a una remota carencia e intuí que con Clarín se extinguía, irremediablemente, una pequeña parte de mi mundo, de mis recuerdos, de mi historia. Que la eternidad le sea leve.
El Comercio, 1 de diciembre de 2005
