Como ya había anunciado, ayer empecé a colaborar como columnista en el diario El Comercio, dentro del área de 'Vivir' (que engloba las secciones de Sociedad y Cultura). A partir de ahora colgaré todos los viernes el artículo correspondiente al día anterior. Al pie se indicará la cabecera del periódico y la fecha de publicación. Espero que os gusten.
Me llena de alegría pensar que el impasible calendario pondrá fin más pronto que tarde al larguísimo año quijotesco que hemos padecido. Las campanadas de la Puerta del Sol emprenderán en unas semanas su alborozado repique y todos nos iremos a la cama mucho más tranquilos, prestos a iniciar un plácido sueño del que despertaremos con el sosiego que da el saber que durante los 365 días siguientes (al menos que yo sepa, y toco madera) no habrá absolutamente nada que celebrar.
Yo era de los optimistas. Al principio también me dejé llevar por el entusiasmo, por la esperanza de que el diciembre que pronto comenzará viese a los españolitos transmutados en ilustres cervantistas, en apasionados defensores de la vida y obra del famoso manco y, por qué no, en acreditados especialistas en la literatura de los Siglos de Oro y sus consecuencias en el devenir de las letras patrias, pero conforme pasaba el tiempo me iba yo percatando de mi error, y si no terminaré 2005 odiando los molinos de viento es porque desde abril, más o menos, decidí huir del mundanal ruido y vendar los ojos ante tanto fasto y boato y tanto brindis gratuito.
Y aún así, debo reconocer que me ha resultado imposible hacer oídos sordos. Porque, para ser honestos, y mal que nos pese admitirlo, el año de El Quijote ha dado para mucho. De enero acá se han celebrado conferencias sobre temas tan interesantes como Los trajes manchegos en la época del Quijote o Los 346 posibles pueblos natales de Don Quijote; hemos asistido a galas de elección de Miss Dulcinea y Míster Dulcineo; se han celebrado congresos, mesas redondas, banquetes, videoproyecciones, espectáculos de hip-hop y de flamenco y de todo junto a la vez, delirantes y presuntamente modernas revisiones teatrales de la obra en las que el de la triste figura trabajaba de proxeneta y Sancho cubría una baja como gorila de discoteca... En definitiva, se ha llenado el bolsillo todo dios (o todos los que llegaron a tiempo) y se ha olvidado que lo que importaba era explicar a la inmensa mayoría (y sobre todo a los chavales) que El Quijote no muerde; que sí, que es un clásico y una obra maestra y tal, pero que sobre todo es una novela extraordinariamente divertida, que leerla no debería ser un coñazo sino todo lo contrario, que sólo hacen falta un diccionario y muchas ganas de pasárselo bien... En fin, esas cosas que uno supuso planificadas desde un principio y que, para no variar, ningún alto cargo se tomó en serio. Y así, ya hemos conseguido que una generación entera abomine de El Quijote y no tenga ningún interés en averiguar lo que, hace 400 años, un hombre arruinado y enfermo imaginó que ocurría en un lugar de La Mancha.
El Comercio, 24 de noviembre de 2005
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