Por motivos que desconozco, ignoro el paradero del artículo de Ciudad Lineal correspondiente al mes de septiembre. No sé si es que lo he perdido, que nunca llegué a colaborar en ese número o que el destino ha querido alejarlo de mi vista dada su (probable) baja calidad. El caso es que doy un salto en la numeración (por si aparece más adelante) y cuelgo el artículo correspondiente a este mismo mes de octubre, relativo a la polémica levantada en Francia sobre la última novela de Michel Houellebecq:
Hace unos días, a mi televisión llegó la imagen de una actriz crepuscular que lloraba amargamente debido al mal trato recibido por su director o mentor en un musical que por estas fechas se representa en un teatro madrileño. Un periodista (es un decir) la entrevistaba en el sofá de su casa, bien repanchigados ambos, y era testigo de las miserias que dicha artista del vodevil enumeraba, sin cortapisas ni pudor, mientras unos espesos lagrimones colgaban de sus apenados ojos. Tras tan interesante reportaje (es un decir), los responsables del programa en cuestión anunciaron que en posteriores entregas habría importantes revelaciones acerca de los supuestos cuernos con que una folclórica ya fallecida habría adornado la frente de su marido (que ignoro si aún vive) unos cuantos años atrás.

Unas semanas antes, varios diarios nacionales se habían hecho eco de la última polémica desatada en Francia. Un escritor de mucho éxito allí (no tanto aquí, aunque sí es conocido y glosado de cuando en cuando), Michel Houellebecq, acaba de publicar una novela con la que ha saltado el escándalo. No es sólo que La posibilidad de una isla (así ha bautizado el autor a la criatura) indague en temas tan controvertidos como el de la clonación humana y defienda tesis cercanas a las que esgrimen los raelianos. Es que, además, a estas alturas (Houellebecq ha publicado ya varias novelas), nadie sabe muy bien si estamos ante un genio o un farsante. Fernando Arrabal lo elogia y defiende. Muchos otros lo satanizan y ven en él un bluff que sólo el tiempo se encargará de desmentir. La cuestión es que los franceses, estos días, se dividen en proHouellebecq y antiHouellebecq, y con tan literaria dicotomía ven pasar las noches y los días.
Siempre me ha caído bien el país vecino, y estas cosas no hacen sino aumentar mi simpatía hacia los gabachos, por muchos camiones que vuelquen en la frontera o por mucha enemistad que hayamos tenido en los siglos pretéritos. Mientras aquí medio país pierde el tiempo midiéndoles el miembro a cubanos adocenados con viejas glorias de la canción popular, siguiendo día a día a un torero de hablar confuso (por lo ininteligible) y mirada vacua con una minuciosidad sólo comparable a la de Sherlock Holmes o piropeando o injuriando (esto va por barrios) a tonadilleras casadas con alcaldes en desgracia, allende los Pirineos buena parte de la población se enfrasca en un encarnizado debate acerca de las virtudes y defectos de un libro. Un puro y simple libro. Un objeto inanimado con páginas, lomos y pastas. Una especie que cada vez parece correr un mayor peligro de extinción.
Octubre de 2005