Para mi segunda colaboración en Ciudad Lineal cometí el error de escribir dos artículos. ¿El motivo? Quería hablar del desquiciamiento colectivo que estaba causando la pasión y muerte de Wojtyla, pero la "fumata blanca" tardó en llegar menos de lo que esperaba y me vi rehaciéndolo a toda prisa. Lo más que puedo decir es que, a tenor de los comentarios que recibí tras su publicación, fue mucho más leído de lo que me esperaba:
Ando estos días desnortado después de la sobredosis vaticana que, sin pudor ni medida, nos han insuflado en vena nuestras múltiples y bienamadas cadenas generalistas. Entre la muerte de Wojtyla (el primer Papa al que harán santo por haber salido mucho en la tele), las posteriores exequias y el aún reciente cónclave, he permanecido un mes entero sobrecogido en mi casa y en el trabajo, en la calle y en las cafeterías, ante el aluvión de sotanas, escapularios y oraciones que, sin comerlo ni beberlo, se me cayeron encima.
Lo malo es que el final ha sido lo peor. El centenar largo de cardenales, inspirados por el ala derecha del Espíritu Santo, han puesto al frente del cotarro a un tipo, apellidado Ratzinger, que perteneció a las Juventudes Hitlerianas, se asustó (dicen) con el mayo del 68 y hoy azota sin piedad (es un concepto cristiano, ¿recuerdan?) a homosexuales, divorciados y proabortistas. El nuevo Papa, Benedicto XVI (¿no les suena a marca de cognac?), salió al balcón de la basílica de San Pedro con sonrisa beatífica y cara de no creérselo, cuando a buen seguro él tuvo la votación atada y bien atada desde su mismo inicio, pese a que su mirada denotase unas oscuras intenciones que, ojalá me equivoque, no tardará en desvelar. Muy poco puede uno fiarse de una Iglesia que, después de repetir por activa y por pasiva que pretende adaptarse a la sociedad actual, escoge como líder a un hombre que en su día vio con malos ojos el que los sacerdotes oficiasen de cara a los fieles. Mala cosa si el condón (que ya ha salvado unas cuantas vidas, no vayamos a olvidarlo) continúa siendo un objeto pecaminoso, y pésimo asunto el que una pareja deba permanecer unida, por mandato divino, hasta el resto de sus días (siempre y cuando uno de sus miembros no decida poner fin a los del otro a base de navajazos). Pero en fin, tenemos que alegrarnos. Habemus Papam. Dios nos libre.
Mayo de 2005