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La Coctelera

Categoría: Dietario

CUMPLEAÑOS

Pues sí. Hoy cumplo 26 años. O, lo que es lo mismo, inauguro oficialmente el que ya es mi segundo cuarto de siglo. Tiene su gracia lo del paso del tiempo. Siempre parece que fue ayer y resulta que hoy, revisando unos álbumes de fotos que hacía siglos que permanecían cerrados en las baldas inferiores de la biblioteca de mis padres, me he encontrado con un montón de momentos que soy incapaz de recordar, sobre todo de las de Lastres. No piso ese lugar desde 1992, pero todos los veranos de mi infancia transcurrieron entre sus calles empinadas y una playa diminuta que a mí me parecía inmensa. Tengo millones de fotos a la orilla del mar, jugando en una pequeñísima lancha de plástico, cavando agujeros en la arena o construyendo castillos, y también otras muchas sacadas en determinados rincones del pueblo: la Torre del Reloj, la ermita de San Roque, la cuesta que bajaba hacia el puerto... Reminiscencias de un paisaje que poco a poco, y muy a mi pesar, se ha ido difuminando entre las nieblas de la memoria.

Entre todas esas fotos, hubo una que retuvo mi atención durante unos cuantos minutos. Aparecen en ella mis dos abuelos, Julio y Juan, en la terraza de un bar que había frente a los bloques de apartamentos en los que se encontraba nuestra casa. Yo también salgo en esa foto. Aparezco entre las cabezas de mis abuelos. Los tres miramos a cámara, muertos de risa, y sacamos la lengua. Ninguno de los dos está aquí ya, y creo que hoy me he dado cuenta, mirando esa imagen, de lo que significa su ausencia. Luego he ido cavilando hasta darme cuenta de que de casi todo hace ya bastante tiempo. Hace nueve años que visité París por vez primera; hace ocho que me mudé a Salamanca para iniciar mis estudios de Ciencias de la Información; hace un lustro que empecé a trabajar de periodista... Y sigue pareciendo que fue ayer.
De todos modos, no era mi intención ponerme nostálgico cuando me senté a escribir esta entrada. Y aprovechando que el plagio vuelve a estar de moda por estos pagos merced a una infame escritora enamoradiza, curiosa, antidepresiva y muy dudosa, voy a copiar sin que se note el modo en que mi buen amigo Víctor celebró esta misma efeméride hace un par de semanas. Es decir, transcribiendo bajo estas líneas un poema de Ángel González que dice así:
Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en el aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños
Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.

La imagen aparece aqui abajo fue tomada el fotografo

La imagen que aparece aquí abajo fue tomada por el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski en la cervecería Dos40 de Gijón el sábado 13 de mayo, en plena vorágine del IX Salón del Libro Iberoamericano. Mordzinski, que es uno de los tipos más encantadores y amables que he tenido el gusto de conocer, es también el retratista de no pocas glorias de nuestra literatura contemporánea. Ha fotografiado a gente como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ernesto Sábato, Miguel Delibes, Antonio Muñoz Molina, José Saramago o Mario Vargas Llosa, así que comprenderéis que sea para mí todo un honor el figurar (aunque sea en un papel muy muy secundario) en la nómina de autores que han pasado por delante del objetivo de su cámara. Ahora sí que puedo decir que soy escritor...

Foto: Daniel Mordzinski

Acabo leer el prologo los cuentos completos ignacio

Acabo de leer en el prólogo a los Cuentos completos de Ignacio Aldecoa, editados por Alfaguara hace ya bastantes años, que al autor de Chico de Madrid le hubiera gustado ser sepultado bajo una lápida similar a la que los nativos de la isla de Samoa colocaron sobre el cuerpo sin vida del gran Robert Louis Stevenson. Aquí yace Tusitala, el contador de historias, se lee en la lápida del escritor británico. Tusitala. Me aseguraba hace cosa de un año mi amigo Ignacio del Valle, mientras tomábamos una cerveza sentados en una terraza de la ovetense plaza de Riego, viendo pasar la tarde, que eso de la crisis de la novela no es más que una burda patraña, que si algo ha necesitado el ser humano desde que hizo su aparición sobre la tierra son precisamente historias que le entretengan, que le hagan pensar, que le provoquen dudas acerca de su propia naturaleza y que le empujen a buscarse a sí mismo en el espejo de la vida. Y yo, que suscribo completamente sus palabras, no paro de pensar que no es poca la responsabilidad de los escritores. Que no debería ser cosa baladí el inventarse historias para los otros, el crear mundos y vidas ajenas que dejarán de pertenecerles en el momento en que las pongan en manos de un primer lector, y que hay que ver la poca seriedad con que abordan el asunto quienes más deberían de tener esto en cuenta. Y ahora, en esta noche de primavera en la que no tengo nada mejor que hacer, me acuerdo de Aldecoa y pienso que su pretensión es la más bella y honrada de todas las posibles, y que en estos tiempos de Planetas, saraos, condumios y demás ejemplos de literatura rosa, no estaría nada mal saber por la prensa o el telediario de algún escritor humilde, sincero, genial, cuya única ambición en esta vida sea la de ser recordado por la posteridad como un contador de historias. Que es, en mi humilde opinión, el mejor oficio que puede uno tener en este mundo.

Me escribe correo electronico poeta david gonzalez para

Me escribe un correo electrónico el poeta David González para contarme que ha sacado un nuevo libro, titulado Reza lo que sepas, en la editorial zaragozana Eclipsados. Conozco a David desde hace dos o tres años y me parece uno de los poetas más interesantes que hay ahora mismo en España, aunque la calidad de su poesía sea inversamente proporcional al conocimiento que de él se tiene en esta región (en el resto del país, me consta, le hacen algo más de caso que aquí). Nos vemos poco, a pesar de que ambos tenemos casa en Gijón y el bar de su novia es uno de mis favoritos, pero mantenemos el trato a través de Internet y las entrevistas que le hago cada vez que saca una nueva obra y el jefe de turno (¡he tenido ya tantos!) me lo permite. Me ha prometido que me enviará en unos días un ejemplar para que me lo eche a los ojos, y entonces podré ver si mantiene el nivel de libros anteriores. Por la experiencia que tengo con su obra, no hay nada que pueda hacer pensar lo contrario.