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La Coctelera

MICROCOSMOS

Bitácora oficial del escritor Miguel Barrero

Categoría: Cine Club

24 Octubre 2006

EL GRAN TRUFFAUT

Gracias al ínclito Barrueco, que hace unas semanas compartía con los lectores de su bitácora la alegría por el hallazgo, me he hecho vía Internet con un pack de doce películas dirigidas por François Truffaut, cineasta francés al que se considera fundador de la nouvelle vague. Supe de Truffaut a través de una vieja canción de Luis Eduardo Aute (aquella de Cine, cine) y vi por primera vez una obra suya en la Filmoteca de Salamanca. Fue Los cuatrocientos golpes (precisamente la que se considera iniciadora del movimiento que pretendía romper con los anquilosados clichés del cine francés de aquella época contando historias lo más cercanas posibles a la realidad de entonces -hablamos de los últimos años de la década de los cincuenta del pasado siglo- y primera de la saga que tendría a Antoine Doinel como protagonista), y la verdad es que después apenas pude disfrutar de su obra. Hasta la llegada del deuvedé, era realmente difícil hacerse con este tipo de películas.

Afortunadamente, y gracias a la indiscreción del escritor zamorano, ahora podré ponerme al día (es un decir). El pack que me he agenciado incluye Tirad sobre el Pianista, Besos Robados , Las Dos Inglesas y el Amor, La Piel Suave, Los Cuatrocientos Golpes, Jules y Jim, Domicilio Conyugal, El Amor en Fuga, El Último Metro, La Mujer de al Lado, Vivamente el Domingo y Una Chica tan Decente Como Yo. Por el momento, sólo he visto los trailers. Y ya he disfrutado como un enano.

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16 Octubre 2006

EL ENIGMA GARCI

Anda José Luis Garci por tierras asturianas rodando su próxima película, un largometraje basado, al parecer, en Luz de domingo, una de las tres novelas poemáticas que escribió el hoy apenas frecuentado Ramón Pérez de Ayala (mala suerte la suya, siempre resguardado tras la sombra de Clarín), y no sé qué pensar acerca de lo que pueda dar de sí este nuevo largometraje.
De Garci ya se ha dicho todo: tiene un estilo muy pero que muy suyo, fue el primer director que ganó el Oscar con una producción española (porque el primer director de nuestro país que consiguió la estatuilla fue Luis Buñuel con El discreto encanto de la burguesía, sólo que no computa porque el capital era francés) y últimamente le ha dado por hacer unas películas de época que suelen enfrentar tras su estreno a los dos grupos de críticos que, como las dos Españas, eternamente pugnan por hacer prevalecer su opinión.
Vi hace dos años Tiovivo c.1950, no he visto Historia de un beso ni You’re the one porque me las perdí en su momento y no pienso enfrentarme a ellas, y tengo mis dudas de que alguna vez introduzca en mi reproductor de deuvedé copias de La herida luminosa o Canción de cuna. El último Garci –es decir, el que estamos viendo desde mediados de los noventa para acá– me parece un director pesado, bastante aburrido y quizás con una ambición desproporcionada para sus habilidades (Tiovivo, por ejemplo, me pareció una película inconclusa, como si el ansia del director por recrear toda suerte de situaciones le hubiese impedido centrarse más en ellas). No obstante, siempre he sentido cierta simpatía por el personaje y reconozco sin que se me caigan los anillos que sus artículos sobre cine, e incluso muchos de sus libros, no tienen desperdicio.

Sin embargo, hay un Garci que sí me gusta, un Garci que me parece uno de los directores más personales y valientes que ha dado el cine español y que no consigo reconocer en ninguna de las películas antes mencionadas. Es el Garci que retrataba a la generación emergente de los años de la Transición en Asignatura pendiente, el que hablaba de los eternos abismos generacionales en Las verdes praderas o el que enfrentaba a dos genios en caída libre por el barranco de su propia decadencia en Sesión continua. Un Garci, éste sí, con cierto regusto norteamericano, con pasión por contar y pericia para trasladar al fotograma lo que su imaginación o sus pensamientos le iban dictando en un susurro. Y, sobre todo, es el Garci de El Crack y El Crack Dos, auténticas joyas del cine negro patrio que –pese a mantenerse su autor en ellas fiel a su querencia por el plano largo y los diálogos extensos y poblados de guiños literarios– enganchan al espectador hasta el punto de impedirle hacer otra cosa que no sea atender a lo que en ellas sucede y en las que todos sus actores están al cien por cien (incluso Arturo Fernández lo borda, que ya es decir). Cada vez que las veo, y ya han pasado dos o tres veces ante mis ojos, no puedo dejar de preguntarme qué le ha pasado en los últimos años al cineasta asturmadrileño, ni cómo es que a estas alturas ningún cinéfilo ha sido aún capaz de desentrañar lo que yo llamo El Enigma Garci.

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Sobre mí

Miguel Barrero (Oviedo, 1980) se licenció en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca y ha trabajado y colaborado en diversos medios asturianos. Con su primera novela, Espejo, obtuvo el Premio Asturias Joven de Narrativa 2004. Algunos de sus relatos han salido a la luz en las publicaciones Eventual y El Norte de los Libros, así como en el diario La Nueva España. Está incluido en el volumen colectivo Guernica variaciones Gernika. En la actualidad, trabaja como redactor en el semanario Les Noticies, publica una columna semanal en el diario El Comercio y colabora habitualmente con la revista cultural ElSúmmum.

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