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La Coctelera

MICROCOSMOS

Bitácora oficial del escritor Miguel Barrero

Categoría: Artículos

2 Febrero 2007

Microcosmos62: La cuna del español

Me han dicho que hubo un tiempo en el que don Gustavo Bueno era unhombre cabal y progresista, un implacable enemigo de los totalitarismosy un entregado educador que no dudaba en bajar a la mina para hablarlesa los trabajadores del carbón de Marx y de Descartes si ello serevelaba necesario para conseguir un país mejor y más justo. Un tiempoen el que el insigne catedrático triunfaba en cada aula que pisaba,abarrotadas todas para escuchar al eminente defensor de las libertades,cuyo verbo les sabía a gloria a los inquietos zagales que invadíanpupitres y escaleras.

Por eso me resulta tan difícil comprenderpor qué extrañas razones aquellos polvos se han convertido en estoslodos. Ya no es que las opiniones del insigne Bueno respecto a algunostemas resulten, en ocasiones, sencillamente bochornosas. Es que,además, ni él –que siempre ha sido un genio de la argumentación, aunpartiendo de premisas erróneas– se libra ya de meter la pata ydemostrar públicamente que, para nuestra desgracia, poco queda de aquelbrillante erudito de los últimos setenta.

Hace unos días, elfilósofo presentó en Oviedo una siniestra Fundación para la Defensa dela Nación Española. En el acto, aseguró que él había abandonado suRioja natal porque pretendía encontrar en Asturias la cuna del español.Me sorprendió que nadie le diese la réplica, pero supuse que o bien suauditorio estaba dispuesto a tragar con todo lo que le contasen (lo queparece más que probable) o el nivel intelectual de este país ha caídotanto que no es difícil que cualquier día aparezca un salvapatrias,jaleado por el respetable, dispuesto a liarse a tiros en el Congreso.Porque resulta que, como todo el mundo debería saber, la caída delimperio romano supuso la desaparición del latín y su sustitución poruna serie de dialectos (luego llamados lenguas romances) que se fueronrepartiendo el suelo peninsular y entre los que estaban elgallego-portugués, el astur-leonés, el navarro-aragonés… Y elcastellano, cuya primera manifestación escrita tuvo lugar allá por laAlta Edad Media en el monasterio de San Millán de la Cogolla, ubicadoprecisamente en la comunidad autónoma de La Rioja. Que es, mirenustedes por dónde, la tierra natal de don Gustavo, el mismo que se vinoaquí buscando la pureza del idioma. A eso, en mi pueblo, se le llamaerrar el tiro.

El Comercio, 1 de febrero de 2006

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26 Enero 2007

Microcosmos61: Lectores

Un buen amigo, cronista extraoficial de la comarca berciana y contumaz tesinando, me relata en un correo electrónico una sabrosa anécdota que en su día le refirió Félix Grande y que no me resisto a compartir con ustedes. Cuenta cómo Grande, en su etapa de director de los Cuadernos Hispanoamericanos, recibió un día a un individuo que empezó a criticar la obra de Federico García Lorca con argumentos tales como que el poeta granadino escribía en uno de sus versos que la luna es verde, cuando todo el mundo sabe que es blanca. Justo en ese momento, hizo su entrada en la estancia el poeta Luis Rosales –amigo del alma del autor de Poeta en Nueva York–, se colocó a espaldas del avezado crítico y, cuando ya su paciencia fue incapaz de aguantar tanta majadería junta, le espetó: ¡Pero hombre de Dios! ¿Quién le manda a usted leer poesía si no está llamado para ella? ¡Déjelo, por favor, déjelo!. Huelga decir que el individuo se quedó con un pasmo de narices, y que Grande y Rosales aprovecharon su estupor para expulsarle ipso facto del despacho.

La historieta es, además de divertida, iluminadora. Se retrata en ella a un tipo de (falso) lector que opta por despreciar todo lo que ignora para evitarse así el tener que formular juicios más o menos ponderados sobre lo que, por una u otra causa, no es capaz de entender. Son muchos, y a menudo encuentran en las páginas de los periódicos espacio para ladrar su animadversión hacia tal o cual autor cuyas páginas les resultan intragables. Fieles a su egocentrismo lector (si algo no les gusta a ellos es porque no vale absolutamente nada), se dedican a pontificar por las esquinas o en los bares y a elevar a verdad absoluta lo que a ellos, y sólo a ellos, concierne. Acepto sin problemas que alguien me diga que no le van las novelas de Faulkner, si me argumenta razonablemente su aseveración y me convence de que, por los motivos que sean, nada consiguió extraer de Luz de agosto o de Las palmeras salvajes. Lo que llevo muy mal es que el listillo de turno, resentido por su incapacidad para llevar a buen término Mientras agonizo, venga diciéndome que Faulkner era un tipo aburridísimo que, para más inri, no sabía escribir. Sucede que, muchas veces, son ellos quienes no saben leer –aunque estén convencidos de que sí– ni disfrutar con un libro entre las manos, ni tragarse que la luna pueda ser verde, cuando ellos saben de sobra que es blanca.

El Comercio, 25 de enero de 2007

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18 Enero 2007

Microcosmos60: Opinar

Hay falacias que, bien por la tenacidad con la que se repiten o bien por entrar dentro de lo que ahora se considera políticamente correcto, terminan instaladas entre nosotros hasta el punto de que en no pocos casos quien las desenmascara se ve obligado a justificar hasta la extenuación su postura, cuando no a enfrentarse a la jauría que, anestesiada por la ignorancia o la imbecilidad, acude rauda a silenciar al disidente.

Una de esas falacias se ha convertido ya en tópico y dice que todas las opiniones son respetables, y enarbolándola como bandera en este país se insulta, se calumnia o se amenaza en público –vivimos unos tristísimos y lamentables tiempos políticos, como sabe cualquiera que lea algún periódico de vez en cuando– sin que nadie se atreva a levantar la voz y señalar la zafiedad, el cerrilismo o el carácter patibulario de quien así actúa. El que todas las opiniones sean respetables ha permitido, está permitiendo, que cada cual diga lo que le venga en gana sin pensarlo apenas, y así en las últimas semanas hemos visto a ex terroristas conversos diciendo que todos deberíamos alegrarnos de la muerte de esos dos pobres chicos de Ecuador, a periodistas justificando confusas posibles iniciativas (sic) para desalojar del Gobierno al presidente Zapatero o a políticos desquiciados formulando incomprensibles silogismos más propios de alumnos de parvulario que de registradores de la propiedad.

Todos (espero) estamos de acuerdo en que el genocidio nazi fue una barbaridad, y que en absoluto tenía Hitler razón cuando definía a la alemana como una raza superior y decidió velar por su pureza eliminando a todos cuantos podían influir en su Rh. La Historia demostró que esa opinión –en su día refrendada por la gran mayoría de los conciudadanos del Führer– no era en absoluto respetable, y que tuvo que haberse combatido mucho antes de cuando finalmente se hizo, ya demasiado tarde para impedir el derramamiento de sangre. Yo no sé si es legal que en España se acuse al Gobierno de secuestrar una manifestación o si resulta ético que un partido político no acuda a un acto convocado para repudiar un crimen por no beneficiar a sus oponentes, pero sí sé que, si el opinar libremente es un derecho (que lo es, y esperemos que siga así), también es cierto que el respeto y la honestidad son un deber. O deberían serlo.

El Comercio, 18 de enero de 2007

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12 Enero 2007

Microcosmos59: Unamuno, concejal

De todas las ciudades que he conocido, Salamanca es una de las que más profundamente me ha defraudado. Cuando me mudé allí con dieciocho años, esperaba encontrar un lugar obediente a los tópicos que sobre él se vierten sin cesar en todo tipo de foros: la urbe universitaria, culta, cosmopolita, abierta a todos los vientos y tendencias… Lo que me encontré a la vera del Tormes fue, en cambio, una Salamanca engreídamente provinciana y poco o nada enhechizante, más preocupada de su ombligo que de convertirse de verdad en ese Oxford español al que con tanto orgullo aludían los (falsos) eruditos locales.

Últimamente el recuerdo se ha ido dulcificando, pero a veces llegan ecos que confirman que mi percepción de la ciudad del Lazarillo no es errónea y que, además, sigue vigente. Primero fue el circo que se montó allí por el traslado de los papeles del Archivo de la Guerra Civil a Cataluña, luego la negativa de los vecinos a despojar al general Franco del doctorado honoris causa que tan graciosamente le había concedido la Universidad y ahora, hace unos días, el rechazo del Gobierno municipal, del PP, a rehabilitar simbólicamente como concejal a Miguel de Unamuno, el filósofo, el rector, el autor de Niebla o Del sentimiento trágico de la vida, el mismo ante cuya estatua deja flores cada año el señor alcalde o cuyo nombre preside la casa en la que vivió o en la que le encontró la muerte, de la que hace muy poco se cumplieron setenta años.

Parece que no corren buenos tiempos para el escritor vasco. Ya en las manifestaciones de protesta contra el expolio fue coreada por los sectores más rancios de la sociedad local aquella famosa frase con la que evidenció la podredumbre moral del régimen franquista, y ahora ni el regidor salmantino ni los concejales de su grupo municipal son capaces de tener el detalle de devolverle a título póstumo el cargo del que se le despojó cuando, aquel día de 1936 en el Paraninfo, encorvado y enfermo, desveló todas las miserias y contradicciones que atenazarían España durante las cuatro décadas siguientes. Tratándose de un partido que no hace más que proclamar su amor hacia la libertad y la Constitución y su compromiso con una sociedad más igualitaria, no me gustaría pensar mal. Pero es que me lo ponen tan fácil…

El Comercio, 11 de enero de 2007

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4 Enero 2007

Microcosmos58: Cavernas

En el libro VII de La República, Platón contó la historia de tres hombres que, encerrados en una caverna y atados de pies y manos, tan sólo podían ver las sombras que –gracias a una hoguera situada a sus espaldas, entre ellos y la entrada a la cueva en la que estaban prisioneros– se proyectaban sobre la pared que tenían ante sus maltrechos ojos. Aquellas oscuras figuras en movimiento constituían la única visión de los tres reos, que sólo limando o cortando las cadenas que les inmovilizaban (labor que podía durar meses o incluso años) serían capaces de volver la vista hacia la luz y contemplar así la realidad que les estaba vetada.

El mito de la caverna, la explicación platónica de la condición humana, fue creado entre los siglos IV y V antes de Cristo y ha sobrevivido desde entonces por su acertada metaforización de la existencia, por el modo en el que sintetizó la esencia del ser humano, el qué somos y el a qué debemos aspirar. Esos cavernícolas de Platón, inmovilizados y aturdidos en su noche de piedra, se parecían mucho a quienes cada día amanecían rodeados de un mundo cuya complejidad no eran capaces de explicarse.

En estos días inciertos en los que 2007 se inicia con la misma mala leche con la que se despidió su antecesor, vuelve el mito a cobrar fuerza con la reaparición de otros hombres de las cavernas que, lejos de tratar de romper las cadenas que les atan a la ignorancia, se aferran a ellas y se regodean en la contemplación de las obtusas sombras que les impiden alcanzar el conocimiento y, para colmo, vocean por las calles sus incongruencias para que todos las oigamos. Son los mismos que llevan ya casi tres años fabulando a costa de los muertos, inventándose unas normas no escritas por las cuales todo lo que les resulta ajeno debería ser delito y aprovechando sus privilegiadas posiciones en los universos catódicos para multiplicar los efectos de un mensaje que, escuchado desde fuera de la cueva, no produce más que indignación o hastío. Desconozco cuál era la actitud de los contritos prisioneros del filósofo, pero la de éstos de ahora mismo es, las más de las veces, vergonzante. Y lo peor no es que defiendan muy ufanos las mentiras que tan sólo ellos consideran verdades. Lo peor, lo peor de todo, es que encima tenemos que aguantarlos.

El Comercio, 4 de enero de 2007

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4 Enero 2007

La estancia vacía, en El Comercio

Copio a continuación el breve artículo que ayer mismo publiqué en el diario El Comercio como apoyo al reportaje de Mari Fe Antuña sobre La estancia vacía. Pese a que hoy me toca columna, fui a empezar mis colaboraciones de 2007 hablando de Michi Panero. Esperemos que sea un buen presagio...

Buscando a Michi

HACE casi dos años, decidí partir en busca de Michi. Sin un propósito determinado, me planté en Astorga espoleado por una canción de Nacho Vegas y algunas coincidencias que el azar había dispuesto ante mí y comencé a buscar una respuesta a la pregunta que, pese a la mucha tinta empleada en necrológicas y póstumos textos laudatorios, nadie parecía haberse hecho: ¿Por qué el menor de los Panero, que tanto había tenido que ver en El desencanto, que tan duramente había criticado el legado familiar, volvió a Astorga en sus últimos días para reivindicar precisamente aquello de lo que había renegado casi tres décadas atrás?

Con el tiempo, conseguí que esa duda fuese también la de Iván, la de Marcos, la de Julia, y entre los cuatro fuimos poniendo en pie, con la única ayuda de nuestra inconsciencia, un documental sobre la agonía astorgana del escritor sin libros. Se nos sumaron la generosidad y el talento de Julio Cedrón y Antonio de Benito; el savoir faire de Andreu Llinas y Héctor González; el entusiasmo de Laudelino Vázquez y el voluntarismo de Alberto Vázquez García, y con tan escueto equipaje fuimos contándonos el final de aquella historia iniciada en 1976 al compás de las palabras de quienes presenciaron sus últimos pasos: la sapientísima Angelines Baltasar (todo un lujo el escucharla), el emocionado Ángel García, la entusiasmada Victorina Alonso, el erudito Juan José Alonso Perandones, la sincerísima Mercedes Unzeta Gullón y el analítico Federico Utrera, que tuvieron el detalle de compartir con nosotros tardes y conversaciones a lo largo de cinco días en los que la vieja Astorga, la ciudad que guarda un mal recuerdo de la celebérrima película de Chávarri, nos acogió con una hospitalidad exquisita y algún que otro recelo que espero que se disipe pronto.

Todo está contado, y ahora sólo falta terminar de ensamblar las piezas de un puzzle que, una vez terminado, dará la necesaria respuesta a la pregunta planteada al principio de este texto. Trataremos de que nadie se aburra. Ya se sabe que en esta vida se puede ser de todo, menos un coñazo.

El Comercio, 3 de enero de 2007

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29 Diciembre 2006

Microcosmos57: Tururú

De entre todos los villancicos que se cantan por estas fechas (cancioncillas por lo general monotemáticas y repetitivas que poco encanto tienen si se las compara con sus precedentes medievales), hay uno que encierra entre sus versos una verdad tan horrible como evidente que, sin embargo, escuchamos una y otra vez sin inmutarnos, impasibles, acostumbrados ya a sus rimas familiares y asonantes.

Seguro que lo conocen, y más de uno lo habrá cantado en su casa, rodeado de los suyos, sin hacer demasiado caso a la letra o sin querer fijarse demasiado en lo que en ella se dice. Es aquél cuyo estribillo empieza con La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va y termina añadiendo que y nosotros nos iremos, y no volveremos más. No sé de ningún axioma tan cierto y terrible que se encuentre expuesto en ninguna obra de arte de un modo más inocente. Hay libros enteros dedicados al sentimiento trágico de la vida, filósofos que han visto encanecer sus barbas mientras le buscaban un porqué a esto de la existencia, sucintos tratados teológicos pergeñados a lo largo de los siglos para tratar de arrojar luz sobre la irredenta ignorancia del hombre, y resulta que bastaba con dos versos de cuatro palabras cada uno para decir la verdad sin medias tintas, para mostrar sin ambages la tragedia que todo hombre arrastra consigo: vamos a irnos, y ya no podremos volver.

Pero lo que más ha llamado siempre mi atención es la perla que brilla entre estos dos últimos versos, ese tururú insólito en medio de una aseveración tan dolorosa, ese consuelo trisílabo que viene a ser algo parecido a pegarle un corte de mangas al destino, a decirle a la muerte que no nos importa lo más mínimo su abrumadora presencia, que apenas contamos con ella pese a que sea lo único cierto que nos aguarda en el camino, que lo bailao no nos lo puede quitar nadie.

Llueve mientras escribo esto y los faroles de las calles se encienden para apagar la anticipada noche del invierno. Dentro de unos días será Nochevieja y todos volveremos a reunirnos para celebrar que somos un poco más viejos, así que espero que me hagan caso y lo celebren como si les fuera en ello la vida. Que tengan un feliz año. Y tururú.

El Comercio, 28 de diciembre de 2006

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21 Diciembre 2006

MICROCOSMOS56: DIGNIDAD

La primera imagen está fechada el 11 de septiembre de 1973 en Chile, y en ella vemos a un hombre con casco y metralleta avanzar entre los cascotes del palacio presidencial con la vista puesta en el cielo, surcado aquella mañana por los aviones que, inclementes, arrojaban sus bombas sobre las calles de Santiago.

El hombre ha vivido ya mucho y sabe que le queda poco. Sabe que en apenas unos minutos (tal vez unas horas) entrarán por la puerta los militares que esa misma mañana se han levantado en armas en Valparaíso para acabar con él. Es consciente de que morirá haga lo que haga, así que pone a salvo a su familia y se queda allí solo, esperando a sus verdugos. Pero Salvador Allende, elegido presidente de Chile por sus conciudadanos en 1970, se pega un tiro muy poco antes de que los asesinos lleguen a él. No lo cogieron vivo. No pudieron obtener su rendición.

La segunda imagen es más reciente (seis o siete años tan sólo), y en ella vemos al hombre que lideró aquel alzamiento en una silla de ruedas, en Londres. La justicia lo reclama por los crímenes cometidos contra la humanidad durante los dieciséis años que duró su ominoso mandato, pero él no se atreve a comparecer ante un tribunal y finge una demencia que termina llevándolo de vuelta a su país.

Cuando regresa, sonríe muy ufano y se jacta de haber engañado a quienes trataban de hacerle responder por sus actos, pero muy pocos años después, en circunstancias similares, repetirá la maniobra y tendrá incluso quien le aplauda y ensalce su muy discutible valentía.

Son dos escenas que ya han pasado a la Historia del pasado siglo, en el que el horror alcanzó una excelencia difícil de imaginar en épocas mucho más agrestes, y que estos días han vuelto a recordarse después del fallecimiento del segundo individuo, uno más de los no pocos gerifaltes con uniforme que oscurecieron la centuria y que se humilló hasta el absurdo en sus últimos días, incapaz siquiera de sacar alguna lección del ejemplo de dignidad que su adversario le había dado antes de volarse la tapa de los sesos.

Decidan ustedes ahora quién fue héroe y quién villano. Quién se comportó como un caballero. Y quién como un vulgar miedica.

El Comercio, 21 de diciembre de 2006

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Sobre mí

Miguel Barrero (Oviedo, 1980) se licenció en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca y ha trabajado y colaborado en diversos medios asturianos. Con su primera novela, Espejo, obtuvo el Premio Asturias Joven de Narrativa 2004. Algunos de sus relatos han salido a la luz en las publicaciones Eventual y El Norte de los Libros, así como en el diario La Nueva España. Está incluido en el volumen colectivo Guernica variaciones Gernika. En la actualidad, trabaja como redactor en el semanario Les Noticies, publica una columna semanal en el diario El Comercio y colabora habitualmente con la revista cultural ElSúmmum.

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